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 Algunas características del franquismo

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lusitaniaedu
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MensajeTema: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeJue 28 Abr 2011, 12:43

Algunas características del franquismo

El estado autoritario nacido como consecuencia del alzamiento y victoria militar va a cortar con la trayectoria de estado democrático representado en el régimen republicano, basado en el sufragio universal y el pluralismo político.

a) Ausencia de una Constitución, aunque con los años se irán creando una serie de normas, denominadas "Leyes Fundamentales".
b) Inexistencia de partidos políticos, aunque existen varias "familias políticas" que componen los vencedores en la guerra civil, militares, Falange Española, católicos, tecnócratas (opus dei) y los monárquicos (incluidos los carlistas).
c) Concentración del poder político y militar en la persona de Franco.
d) Potestad legislativa de la Jefatura de Estado con potestad de dictar normas jurídicas y leyes.

Un saludo

Pd.: He añadido el título para unificar criterios a la hora de publicar artículos
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Afelio
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeVie 29 Abr 2011, 22:30

¡Animo! Sigue así y verás como pronto te darán una subvención.

El Administrador debería eliminar los post políticos o nos cargamos el foro.
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeSáb 30 Abr 2011, 01:27

¡Hola Afelio!

¡Encantado de debatir contigo!

No creo que la forma más amable de dirigirse a alguien por primera vez sea con acusaciones como: "verás como pronto te darán una subvención."

Con respecto a la crítica de traer temas políticos, no estoy interesado en ellos, sólo me interesa la Historia y como habrás podido comprobar son unas características muy generales de la dictadura franquista, traídas con la intención de debatir ese origen, evolución, características, etc., de esa etapa de la Historia de España.

La llamada al administrador del foro para que borre un post es sencillamente una petición de censura. Espero que en el futuro podamos debatir sobre cualquier tema sin pedir censura y sin miedo.

Un saludo.
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Afelio
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeSáb 30 Abr 2011, 10:12

Lo que es conmigo vas a debatir poco.
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeDom 01 Mayo 2011, 13:51

¡Hola Afelio!

Para no querer debatir te diriges demasidas veces a mí, incluso sin habernos presentado previamente.

Además lo haces de una forma bastante descortés y rozando el insulto: "Sigue así y verás como pronto te darán una subvención."

Y para más colmo, te permites pedir al administrador del foro que se censure un tema de Historia Contemporánea, planteado en ese subforo, bajo excusa de que no se pueden tratar temas políticos. Afelio, nos guste o no, la Historia reciente de España es la que es y sería muy extraño que en un foro de Historia Contemporánea se censurase el poder hablar de la dictadura franquista, de sus faltas de libertades, de la represión física, social, cultural, etc., de los grupos privilegiados dentro de esa dictadura, del origen de esa dictadura de corte fascista, de sus relaciones y apoyo a los regímenes fascistas y nazis y de cualquier otra característica de esa dictadura.

A mí me gusta comparar las "leyes fundamentales" con todas las constituciones liberales del siglo XIX, con la Constitución de 1931 que trajo a España la democracia por primera vez en la Historia y por supuesto, con la de 1978. He estudiado un poco el constitucionalismo en Surámerica y en Europa Occidental y en el Mediterráneo y es sumamente interesante ver esta evolución y algunos aspectos importantísimos como el derecho a voto de todos los ciudadanos o el de la mujer y otros como la censura en medios de comunicación y en la cultura.

Un saludo.
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeDom 01 Mayo 2011, 15:03

La Constitución de 1978 no es tal, sino una Carta Otorgada.
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeDom 01 Mayo 2011, 15:39

No se lo tengas en cuenta, lusitaniaedu, a Afelio lo que le interesa son los temas relacionados con la industria lítica.

Saludos

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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeDom 01 Mayo 2011, 21:24

46.- Sobre la monarquía: “¿Soberano? Al carajillo”

Tras la larga noche del franquismo, España se enfrentaba a una nueva etapa en la que casi nada estaba decidido. Pese a los afanes uniformizadores del régimen, la sociedad española seguía estando dividida, con lo que cobraban especial relevancia las palabras del primer discurso del rey, el 22 de noviembre de 1975: “la institución que personifico integra a todos los españoles, y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco porque a todos nos incumbe por igual el deber de servir a España. Que todos entiendan con generosidad y altura de miras que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional”. La apelación a la concordia para todos los españoles sin distinción es clara, y la función integradora también, como se irá demostrando a medida que avance la transición. Lo que no está tan claro es que “la institución que personifico” integre a todos los españoles (y españolas, supongo) ni ese “a todos nos incumbe”, al menos en lo relativo a la participación en la decisión de qué forma de Estado crear. Nos incumbe a todos porque es lo que vais a tener, parece querer decir. Con todo, se logró el consenso de prácticamente toda la sociedad. Para lograrlo, señala Raúl Morodo (1), se fue dando una flexibilización en las posturas, basada en el no cuestionamiento de los tres grandes temas que eran intocables: el sistema socioeconómico, la no exigencia de responsabilidades por la etapa anterior, y la forma monárquica del Estado. Junto a ellos, también eran intocables los privilegios de la iglesia católica (mantenidos ya preconstitucionalmente en los acuerdos en los que se garantizaban mantener su lugar prioritario) y la unidad territorial. Todas ellas, obviamente, estrechamente relacionadas.
Así, con la aceptación de estas “reglas del juego”, se permitía la pervivencia de las elites socioeconómicas del régimen, se legitimaba la amnesia obligatoria junto con la amnistía y se daba un rey a la monarquía sin monarca, con lo que de alguna forma, todo cambiaba para que nada cambiase, siguiendo las “instrucciones” del “glorioso Caudillo”.
La opinión pública poco tuvo que decir ante la postura de los partidos políticos (primero Asociaciones), la prensa y el Gobierno, cuyas consignas fueron calando. Junto a la falta de deseo “desde arriba” de dar la opción de pronunciarse al pueblo, parece también claro además que no había una mayoría que pensese que podía hacer algo en relación al futuro, y así, como imponía la costumbre, se limitaban a esperar y observar. Como bien se planteaba en una de las series de televisión de mayor éxito los últimos años, la posición más extendida en relación a los “grandes temas” se zanjaba en la frase “nosotros lo que tenemos que hacer es trabajar y alejarnos de la política“. Algo a lo que ya estaba acostumbrada, por otro lado, la sociedad. De hecho, durante el franquismo nadie hacía política, ni siquiera el ejército, que vino a ser convertido por Franco en su verdadero partido, ya que el Generalísimo, “este ya más que general, (…) sostenía que los militares no debían meterse en política, evidentemente refiriéndose a todos los otros. Él no hacía política, él hacía historia. Otro más” (2). La población, evidentemente, se había acostumbrado a no tomar decisiones.
Entre las causas de esta realidad para el conjunto de la sociedad se podrían citar, entre otras, la apatía sobre los asuntos políticos tras tanto tiempo de exclusión democrática, el miedo a expresar las propias opiniones, y, last but not least, la acomodación a unas circunstancias socioeconómicas mejores, que habrían puesto a una mayoría de la población dentro (o con vocación de sentirse parte) de las clases medias, tan reclamadas por el general Franco como base de la continuidad. Para los que pensaban que sí podían (y debían) cambiar algo, por el contrario, los medios para lograrlo eran escasos. Y con todo ello, la situación será manejada “desde arriba”, y el cambio que finalmente se llevará a cabo se planteará desde la legalidad vigente (3), y con el apoyo de los grandes partidos de la oposición, que, paulatinamente, irán cambiando sus principios y argumentos para poder entrar en el engranaje de que culmina en la democracia (o quizá oligarquía) partitocrática, en la que el pacto establecerá el olvido a cambio de una parte de la tarta del poder.
Pese a todo, no se trata de negar el gran papel que en la transición tuvo la sociedad civil, si bien quizá fue más importante por la moderación mostrada que por la actividad política en sí (muy minoritaria). Las diferentes reacciones (por ejemplo la de los comunistas tras la matanza de Atocha) ante las presiones extremistas quizá fueran tan importantes para el avance democrático como las grandes actuaciones “desde arriba”, y contribuyeron a crear el clima propicio para la convivencia democrática, pero no invalidan la apatía general y la aceptación de la “reforma” impuesta, de la ruptura pactada, que los propios partidos, incluido el comunista, contribuyeron a impulsar. Si bien parece sólida la tesis de Gil Calvo de que “hubo arreglo, pero también limpieza” (4) en la transición, el hecho es que la monarquía no se cuestionó, y tampoco el olvido asociado a la amnistía, al no solicitarse la depuración de las fuerzas y cuerpos represivos del régimen anterior.
Así, la democratización irá de la mano de una monarquía que en origen se suponía autocrática (5), pero culminará parlamentaria. Eso sí, no hubo ninguna posibilidad de otra opción diferente al sucesor de Franco.
Con todo ello, el camino hacia la “normalidad democrática” (que en realidad es una anormalidad en nuestra historia) se hacía de la mano de la que llevaba a la, ésta sí, verdadera normalidad española, la monarquía (de la mano de ejército e iglesia), ya que sólo ésta (éstos) representa(n) la esencia de lo español y ha acompañado continuamente la historia de nuestro país.
Esta “normalidad” está inmersa en nuestra cultura, y a ella contribuyen decisivamente los medios de comunicación, que no muestran ninguna capacidad (o voluntad) crítica respecto de la institución monárquica (6). La cuestión es, entonces, preguntarse por qué esto es así: ¿por un respeto excesivo, quizá mal entendido? ¿porque los miembros de la ejemplar familia real, no cometen ninguna actuación, personal ni institucional, reprobable o al menos digna de crítica? ¿porque de verdad creemos (mayoritariamente) en la superioridad de la sangre azul (si bien en el caso de la dinastía borbónica alguno de sus miembros tendría serias dificultades de poder demostrarla, dadas las actuaciones de sus antepasados y antepasadas)? ¿porque así se nos ha enseñado, y no hay que planteárselo más? ¿porque remite a la misma falta de cuestionamientos que en relación a los dogmas de la iglesia, pues, quién somos para rebatirlos? ¿o quizá simplemente porque los “medios de comunicación” que nos influyen desde pequeños y nos socializan nos van impregnando ya de la cultura de la aceptación de la desigualdad que supone el nacimiento con corona adosada, y de los valores “superiores” de la monarquía?
Desde pequeños hemos crecido aprendiendo las virtudes y valores de bellas princesas y valientes príncipes, la maldad de los que querían acabar con la felicidad de los súbditos de los reinos, que siempre eran paraísos terrenales, con monarcas amados por los explotados, gracias a la benevolencia del rey, a su vez justo y misericordioso.
El proceso continúa en el gran marco socializador, la escuela, donde, pese a los avances de la Pedagogía y de la Historia misma, se sigue enseñando la historia de los reyes y reinas, la de los reinos y dinastías, marginando de las grandes páginas a aquéllos que verdaderamente las escribieron, quizá porque “los hombres [y mujeres] hacen la historia, pero no saben qué historia hacen“. Teniendo en cuenta que “nuestra visión del pasado la recibimos de la cultura social que nos envuelve, reforzada por las representaciones (monumentos, cuadros de historia, películas) y por la pedagogía de los centenarios y las conmemoraciones, de modo que por lo general somos incapaces de darnos cuenta de los condicionamientos que implica esta inmersión [y que] crecemos con una serie de prejuicios asumidos como conocimiento, que la educación se encarga de legitimar“, no parece difícil concluir, como hace Josep Fontana (autor de las diversas citas aquí planteadas) que “el objeto final de este adoctrinamiento [sirve para] transmitir al niño convicciones que tienen que ver con intereses sociales concretos que impregnan la visión del pasado que se le inculca” (7). Si bien Fontana se está refiriendo a las diferencias en la enseñanza de la historia en la II República y el franquismo, no es difícil extrapolar y concluir que nos socializamos en el respeto y en la emulación de la monarquía, que se nos presenta como el paradigma de los valores superiores, inalcanzables de hecho para el resto de los mortales, pues al mismo tiempo sirven para afianzar a cada uno en el lugar en el que ha nacido, evitando que los de abajo se cuestionen su situación más allá de no haber tenido la suerte de nacer entre los elegidos.
Y así, cuentos infantiles e historia cumplen una función similar, que sirve para legitimar y deslegitimar. En relación a una monarquía que siempre ha estado en España, aunque tendamos a olvidar que “nació teocrática, creció aristocrática, engordó absolutista, y enfermó despótica. En la senilidad, que siempre viene acompañada de debilitamiento, con tendencia a lo sensiblero, se hizo más comprensiva y dispuesta a dar señales de paternalismo y, con tal de seguir, hasta capaz de mostrar respeto a los representantes de los súbditos popularmente elegidos” (Cool.
Cuentos, historia, medios de comunicación y Constitución. Infancia, juventud, madurez y señilidad. Y siempre detrás, y encima, la monarquía. ¡Vale! [sabido es que con esta palabra cierra Cervantes El Quijote. No es tan conocido el párrafo que la antecede, y que sólo precisa el pequeño retoque de eliminar "libros de caballería" y sustituirlo por el que se considere más adecuado en relación al tema tratado: "(...) pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombre las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías [leer monarquía] que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer, sin duda alguna.
¿Soberano? ¡Al carajillo!
Referencias:
(1) MORODO, Raúl, (1984), La Transición Política (Tecnos)
(2) CASTELLANO, Pablo (2001), Por Dios, por la patria y el rey (Temas de hoy)
(3)Una de las preocupaciones esenciales del entonces príncipe Juan Carlos era la de cometer perjurio con unos principios que había jurado. Torcuato Fernández Miranda le tranquilizó diciéndole que no lo cometería en ningún momento, y que todo el proceso se haría desde la legalidad vigente, desde los propios Principios del Movimiento establecidos por Franco y jurados por Juan Carlos en 1969. Según, por ej. C. POWELL (1995), Juan Carlos, un rey para la democracia (Ariel/Planeta)
(4) GIL CALVO, Enrique (2000), “Crítica de la transición”, en Claves de la razón práctica, nº 107
(5) Las Leyes Fundamentales estipulaban que España era “una Monarquía tradicional católica, social y representativa” (COTARELO, Ramón (1992), Transición política y consolidación democrática. España (1975-1986), (CIS)
(6) Paloma Román afrima que “la capacidad crítica sobre esta magistratura [la monarquía] es prácticamente inexistente. (…) Los medios de comunicación, principales protagonistas en la formación de opinión pública en nuestro país, son los representantes más genuinos de esta autocensura, más llamativa si se compara con el tratamiento que se da a otras instituciones, e incluso a esta misma institución en otros países: ROMÁN, Paloma (2001), Sistema político español (McGraw-Hill)
(7) FONTANA, Josep (1999), Enseñar historia con una guerra civil por medio (Crítica)
(Cool CASTELLANO, Op.cit.

http://impensando.wordpress.com/author/javiersoriaj/

FUENTE: ESTACIÓN CLARIDAD: VENGO LLEGANDO
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeDom 01 Mayo 2011, 21:38

Este artículo expresa claramente ese calificativo de "carta otorgada" como nuestra primera Constitución ¿El Estatuto de Bayona? Yo prefiero "La Pepa".

Un saludo.
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeVie 06 Mayo 2011, 16:00

A mí la historia moderna ni contemporánea me interesa mucho, pero aquí se permite todo tipo de debate, aunque claro, ésto no deberia estar en novedades, sino en historia moderna y que no aparezca en el tablón, y que allí debata quien quiera. El tablón representa al foro, y allí solo deberían aparecer los temas característicos de ello, y ésto no es un foro de historia.

Por mi parte, doy la bienvenida a cualquier tema que sea interesante, como éste que pone lusitaniaedu. Y si hay gente que le interesa la historia, ¿por qué no hablar de ella?, ¿si al fin y al cabo éste es un foro de cultura?

Saludos,
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeVie 06 Mayo 2011, 20:43

Peregring-Ik, como soy nuevo en el foro ya puse el tema dentro del subforo Historia Contemporánea y fue el administrador quien lo trajo a novedades porque al parecer ese es el lugar que les corresponde a los temas nuevos.

En fin, no creo que sea tampoco este el lugar para discutir sobre donde debe ir un tema.

El debate es sobre el régimen franquista. Partiendo del origen del "alzamiento" o revuelta militar especialmente orquestada por los militares africanistas y con el apoyo de las derechas españolas, monárquicos, incluidos los carlistas, tradicionalistas, católicos, terratenientes, etc., a raíz de la pérdida de unas elecciones democráticas en febrero de 1936, se aliaron como en otras ocasiones y pidieron el apoyo de la Alemania nazi que se encontraba en ese momento faltando a todos los acuerdos internacionales y provocando a las potencias occidentales y de la Italia fascista. También son muy interesantes los aspectos de la violencia extrema con que se llevo ese levantamiento contra la democracia republicana y la posterior represión franquista contra los vencidos.

Un saludo.
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeVie 06 Mayo 2011, 20:49

LA DESTRUCCIÓN DE LA CIENCIA EN ESPAÑA. LAS CONSECUENCIAS DEL TRIUNFO MILITAR DE LA ESPAÑA FRANQUISTA

En 1900 la situación de la ciencia en España, coincidiendo con la creación del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes el 28 de abril de ese año, se caracterizaba por su precariedad, bien es cierto que a lo largo del último tercio del siglo XIX, a partir de los nuevos aires introducidos con el Sexenio Democrático, habia comenzado, no sin dificultades, la labor de renovar el anquilosado edificio del Saber de la España decimonónica, sentando las bases para el despegue de la llamada Edad de Plata de la cultura española, que en el caso de la ciencia encontró en la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) su más acabada expresión. El caso de las ciencias biomédicas es sintomático de esa lenta pero persistente transformación, de tal forma que la figura de Santiago Ramón y Cajal no fue en este caso la excepción que confirma la regla, sino la expresión del lento despertar de la ciencia española que venía registrándose durante el último tercio del siglo XIX (1).

Dentro de las ciencias biomédicas del último tercio del siglo XIX merecen ser destacados dos nombres por méritos propios y por el hecho de haber introducido a Ramón y Cajal en el campo de la histología: Maestre de San Juan, primer catedrático de Histología de la universidad española, que ocupó en 1873 (2), y Luis Simarro, catedrático Psicología Experimental de la Universidad de Madrid desde 1902 (3). A través de ellos Cajal aprendió las técnicas de las preparaciones micrográficas y de la tinción cromoargéntica, básicas en las investigaciones posteriores del médico aragonés que alcanzaron un punto de inflexión en 1887 coincidiendo con su nombramiento como catedrático de Historia Normal y Patológica de la Universidad de Barcelona (4). En 1892 ocupó la cátedra de Histología e Histoquímica Normales y Anatomía Patológica de la Universidad de Madrid, sus trabajos sobre el sistema neurológico quedaron sistemátizados en su monumental obra Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados, publicada entre 1897 y 1904, donde desarrollaba la teoría neuronal por la que le fue concedido el Nobel en 1906 (5). Sin lugar a dudas, Cajal representa el científico más universal que ha dado la ciencia española, sus investigaciones han sido a lo largo de todo el siglo XX pieza básica de la teoría neurológica, cuyos fundamentos y presupuestos él fundó. En 1900 Cajal ya era una figura reconocida internacionalmente, ese año el Congreso Internacional de Medicina le concedió el premio Moscú. Su prestigio llevo al Gobierno español a crear el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, inaugurado en 1901, una de las instituciones básicas de la ciencia española del siglo XX.

La Edad de Plata de la Ciencia española. La Junta para Ampliación de Estudios.



Al inciarse el siglo XX la ciencia española, salvo en el campo de las ciencias biomédicas, se encontraba en un marcado estado de postración. La sempiterna escasez de recursos públicos, el escaso desarrollo económico del país y el anquilosamiento de las estructuras universitarias hacían prácticamente inviable la investigación científica. Las excepciones que existieron, y de las cuales Cajal fue la figura más descollante, fueron posibles merced a una férrea voluntad capaz de sobreimponerse a la penuria de medios, habilitando laboratorios privados en los que desarrollar sus investigaciones. Una situación insostenible a finales del siglo XIX, cuando la ciencia había adquirido velocidad de crucero, para cuyo avance eran precisos recursos e instalaciones y no sólo inteligencia. Sin instituciones científicas bien dotadas de laboratorios, aparatos y personal difícilmente se podía estar no ya en la vanguardia de la Ciencia sino tan siquiera al día de los nuevos derroteros que ésta tomaba. La época de los gabinetes privados hacía decenios que había pasado a la historia. En España apenas se había salido de esa situación, todavía se vivía de las rentas de la Ilustración, instituciones científicas fundadas en aquella lejana época llevaban una renqueante vida debido a las estrecheces económicas en las que se veían obligadas a desenvolverse, como el Museo de Ciencias Naturales o el Jardín Botánico de Madrid por citar dos de las más emblemáticas, otras acababan de nacer como la Estación Marítima de Zoología y Botánica Experimental de Santander, fundada en 1886 (6).

La conjunción de diversos factores hizo posible que con el nacimiento del nuevo siglo la letárgica situación de la Ciencia en España encontrará algunos senderos esperanzadores, que terminaron por cristalizar en la creación de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. La crisis de 1898, y sus repercusiones internas manifestadas en lo que ha dado en llamarse el espíritu del 98 (7), la notable influencia entre los círculos ilustrados del cambio de siglo de la Institución Libre de Enseñanza (Cool, a la que pertenecían, colaboraban o se sentían a ella vinculados buena parte de los científicos más relevantes de la España del momento, y el discurso regeneracionista de amplios sectores de la política y la sociedad española de aquellos años hicieron que del discurso sobre los males de la patria derivara una mayor atención de los poderes públicos hacia las cuestiones de la instrucción pública y prestaran atención al calamitoso estado de la Ciencia en España. Una primera respuesta concreta vino de la mano de la creación en 1900 del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y, por lo que respecta a la Ciencia, la fundación en 1907 de la JAE, que marcó sin duda un antes y un después en la historia de la Ciencia española.

La JAE fue creada por un Real Decreto el 11 de enero de 1907 (9). Santiago Ramón y Cajal fue hasta su muertesu presidente. Desde un principio la JAE tuvo que lidiar con las reticencias del conservadurismo español, tanto desde el Gobierno como desde la Universidad. A los pocos días de su constitución, el 25 de enero de 1907, los liberales fueron sustituidos en el Gobierno por los conservadores, bajo la presidencia de Maura, haciéndose cargo del Ministerio de Instrucción Pública Faustino Rodríguez San Pedro (10), quien a lo largo de los tres años de su mandato fue un freno para el desarrollo y consolidación de la JAE. A pesar de las dificultades de orden político con las que se enfrentó durante los primeros años de su vida (11), que volvieron a hacerse presentes durante la dictadura de Primo de Rivera (12), y de orden presupuestario a lo largo de toda su existencia, la JAE se constituyó en el pilar esencial del despertar de la Ciencia en España durante el primer tercio del siglo XX.

Con una estructura burocrático-administrativa bastante sencilla (13), la JAE fue capaz de optimizar unos recursos económicos escasos. Dos fueron los ámbitos en los que la acción de la JAE resultó fundamental. El primero de ellos, el impulso y gestión de las estancias en el extranjero de los profesores y jóvenes científicos españoles, con el fin de completar su formación académica y científica, a través de una política de pensiones -el equivalente a las becas actuales- que permitieron la toma de contacto con las líneas de investigación puntera de la ciencia internacional y, a la vez, establecer contacto con las instituciones científicas extranjeras. Hasta tal punto fue importante la política de pensiones que la JAE llegó a ser conocida como Junta de Pensiones. A lo largo de su vida la JAE recibió más de 9.000 solicitudes de pensiones, de las que se concedieron alrededor de 2.000 (14). El otro gran cometido de la Junta fue la creación de instituciones científicas que permitieran dar continuidad a la formación adquirida en el extranjero por los pensionados y rentabilizarla mediante la fundación de Institutos de Investigación que hicieran realidad el despegue de la Ciencia en España, uno de los principales fines para los que fue concebida la JAE. Dos fueron las grandes instituciones creadas por la JAE: el Centro de Estudios Históricos (15) y el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales (16).

El Centro de Estudios Históricos (CEH) agrupó en su seno las hoy denominadas Ciencias Sociales y Humanidades, a través de la creación de distintas secciones (17), entre las que destacaron la sección de Filología dirigida por Menéndez Pidal (18) y las relacionadas con la Historia a cargo de Eduardo de Hinojosa, hasta su enfermedad y muerte en 1919, sustituido por Rafael Altamira entre1921 y 1923 (19), Claudio Sánchez Albornoz, responsable desde 1924 de la sección de Historia del Derecho (20), Américo Castro (21) o Pedro Bosch Gimpera y en estudios árabes con Miguel Asín Palacios. La filología española alcanzó a través de la actividad del CEH un relevante nivel, los trabajos publicados en la Revista de Filología Española y en los Anejos de la Revista de Filología Española, en especial los estudios sobre la época medieval, alcanzaron resonancia internacional, dando lugar alrededor de la figura de Menéndez Pidal a una competente escuela filológica entre los que destacaron Dámaso Alonso, Rafael Lapesa o Antonio Tovar. En el caso de la historiografia los planteamientos del CEH estuvieron articulados por la incorporación del historicismo alemán, dominante en el panorama historiográfico continental, y del positivismo francés o escuela metódica francesa, también Altamira comenzó a introducir la historiografía anglosajona y a llamar la atención sobre la importancia de la Sociología como disciplina necesaria para el análisis historiográfico. Además de los citados destacaron entre otros Ramón Carande, Diego Angulo o Manuel de Terán.

Al Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales (22) quedaron incorporadas algunas de las instituciones científicas más relevantes de la frágil estructura científica de la época, como el Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Museo de Antropología, el Jardín Botánico de Madrid, la Estación Biológica de Santander y el Laboratorio de Investigaciones Biológicas dirigido por Ramón y Cajal, posteriormente convertido en Instituto Cajal (23). Además, la JAE creó, dependientes del Instituto Nacional de Ciencias, el Laboratorio de Investigaciones Físicas, la Estación Alpina de Biología de Guadarrama, la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, el Laboratorio y Seminario Matemático, la Misión Biológica de Galicia y los laboratorios de Química, Fisiología, Anatomía Microscópica, Histología, Bacteriología y Serología de la Residencia de Estudiantes. Asimismo la JAE impulsó la Asociación de Laboratorios, en el que destacó la colaboración con el Laboratorio de Automática dirigido por Leonardo Torres Quevedo (24).

En el campo de las ciencias biomédicas, la figura de Ramón y Cajal fue el aglutinante de toda una generación de científicos que alrededor del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, por el dirigido, y los laboratorios creados por la JAE en la Residencia de Estudiantes, consolidaron la base científica precedente y abrieron el camino de toda una serie de programas de investigación entre los que descollaron la neurología, la histología y la fisiología, con especial atención al estudio del sistema nervioso (25). Cajal era uno de los grandes científicos internacionales del primer tercio del siglo XX, su prestigio hizó que la revista Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas (Travaux du Laboratoire de Recherches Biologiques) fuese de referencia obligada en la ciencia internacional. La formación adquirida en el extranjero de los pensionados encontró continuidad en las líneas de investigación abiertas en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y en los laboratorios de la Residencia de Estudiantes (26). La figura de Cajal atrajó a numerosos científicos extranjeros a trabajar en el Laboratorio o a colaborar en el mismo a través de cursos y conferencias. Ramón y Cajal estuvo acompañado de científicos de primera fila como Nicolás Achúcarro (27), histólogo y neurólogo, que tras su regreso a España desde los EE.UU., organizó y dirigió desde 1912, hasta su prematura muerte en 1918, el Laboratorio de Histopatología del Sistema Nervioso, incorporándose posteriormente como una Sección al Instituto de Investigaciones Biológicas. Por el que pasaron entre otros Pío del Río Hortega, que tras la muerte de Achúcarro fue nombrado su director hasta 1920, fecha en la que fue nombrado jefe del Laboratorio de Histología Normal y Patológica de la Residencia de Estudiantes (28), Felipe Jiménez de Asúa, Gonzalo Rodríguez Lafora, quien en 1916 ocupó la dirección del recien creado Laboratorio de Fisiología y Anatomía de los Centros Nerviosos (29). En 1916 se creó el Laboratorio de Fisiología, bajo la dirección de Juan Negrín (30), donde iniciaron su actividad científica entre otros Severo Ochoa, Francisco Grande Covián o José María García-Valdecasas (31).

No menos importante fue la acción del Museo Nacional de Ciencias Naturales (32), dirigido desde 1901 por Ignacio Bolívar, catedrático de Zoología de Articulados de la Universidad Central desde 1877, que el 12 de mayo de 1912 se trasladó desde sus precarias instalaciones situadas en los bajos del Palacio de Museos y Bibliotecas al Palacio de la Industria y las Artes, su actual ubicación (33). Bolívar fue la gran figura de la biología española del primer tercio del siglo XX, vocal de la Junta desde su fundación pasó a presidirla desde 1935 a la muerte de Cajal. Bajo su dirección el Museo de Ciencias Naturales abandonó su lánguida existencia decimonónica y, en estrecha colaboración con la JAE, relanzó los estudios biológicos en España. Entomólogo de prestigio internacional, participó junto con Augusto González Linares en la creación de la Estación de Biología Marítima de Santander, creada el 14 de mayo de 1886, en 1906 en la fundación del Laboratorio de Biología de Palma de Mallorca, y de la Estación alpina de Biología de Guadarrama en 1910, fue asimismo director del Jardín Botánico entre 1921 y 1930, impulsando su renovación y modernización, favoreció la creación en 1914 del Instituto Español de Oceanografía (34), al que fueron adscritos los Laboratorios de Biología Marina, bajo la dirección de Odón de Buen (35). Durante su gestión se relanzaron las investigaciones y trabajos de Zoología, Geología y Botánica, e impulsó la reanudación de las publicaciones científicas del Museo, interrumpidas desde la desaparición en 1804 de los Anales de Historia Natural, con la publicación desde 1912 de los Trabajos del Museo Nacional de Ciencias Naturales, compuestos de tres series dedicadas a Zoología, Botánica y Geología, además de las series de zoología Genera Mammalium y Fauna Ibérica y la revista de entomología Eos.

Una de las principales actividades del Museo fueron las expediciones científicas, con el fin de ampliar las colecciones de zoología, su clasificación y estudio sistemático. En el campo de la zoología destacaron además de Bolívar, José Fernández Nonídez, que a pesar de su traslado a Estados Unidos mantuvo un estrecho contacto con las actividades de la JAE y del Museo, a través de cursos y conferencias. Fue junto con Antonio de Zulueta uno de los introductores de la genética en España y de la difusión de la obra de Mendel. También destacaron Enrique Rioja Lo-Bianco, especialista en Anélidos, Luis Lozano Rey, en peces, Manuel Martínez de la Escalera, especialista en coleópteros, Ricardo García Mercet, entomólogo, Angel Cabrera Latorre, especialista en mamíferos, o Cándido Bolívar y Pieltain, hijo de Ignacio Bolívar, especialista en coleópteros, jefe de la Sección de Entomología del Museo. Mención especial merece Antonio de Zulueta, director del Laboratorio de Biología del Museo, principal representante e introductor de la genética en España, disciplina en la alcanzó renombre internacional con sus investigaciones sobre el Phytodecta variabilis y la Drosophila melanogaster (36), ocupó en 1933 la primera cátedra de Genética en la Universidad de Madrid. Asimismo, desde el Museo de Ciencias Naturales, se impulsó la creación de los primeros Parques Nacionales en 1916 y la Junta de Parques Nacionales, en los que tuvieron una participación relevante Ignacio Bolívar, Eduardo Hernández-Pacheco, director de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas del Museo, y Angel Cabrera.

La actividad de la JAE fue esencial en los campos de la física y la química, con la creación del Laboratorio de Investigaciones Físicas, dirigido por Blas Cabrera, y tranformado posteriormente en el Instituto Nacional de Física y Química. Fue otra de las grandes instituciones científicas de la ciencia española del primer tercio del siglo XX, junto con el Instituto Cajal, el Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Centro de Estudios Históricos. La Física y la Química en España al iniciarse el siglo XX se caracterizaban por su escaso desarrollo, ejemplificado en la escasez, cuando no lisa y llanamente ausencia, de laboratorios, el desconocimiento de los nuevos derroteros de la física, y el carácter anticuado y desfasado de las escasas publicaciones y manuales universitarios existentes (37). La situación comenzó tímidamente a cambiar a partir de 1900, con el plan de reforma del ministro García Alix, que dividió la Facultad de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales, creada en 1857 por el plan Moyano, en cuatro Secciones: Exactas, Físicas, Químicas y Naturales. En ese momento la física y la química se reducían, todo lo más, a una repetición desde las cátedras de la teoría clásica, con una reducidísima proyección al plano experimental. La fundación en 1903 de la Sociedad Española de Física y Química, bajo la presidencia de José Echegaray, trataba de aunar los escasos esfuerzos para salir de tan deplorable situación, mediante el fomento de la investigación en física y química, favoreciendo la publicación de los trabajos de la reducida comunidad de científicos españoles, a través de la creación de la revista Anales de la Sociedad Española de Física y Química, que se sumaba a la escasa nómina de publicaciones hispanas en estas materias, entre las que destacaba la Revista de los Progresos de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, aparecida en 1850 y transformada en 1905 en la Revista de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

La creación de la JAE fue decisiva para el despertar de las ciencias físico-químicas en España. La política de becas al extranjero permitió establecer los primeros contactos firmes con los centros internacionales de la Física. En 1910 Manuel Martínez-Risco viajó a Amsterdam para ampliar sus estudios con Pieter Zeeman, en 1912 Blas Cabrera se trasladó a Zurich, donde se encontraba ya Enrique Moles, para trabajar con Pierre Weiss en el campo de los magnetones y de la magnetoquímica de los compuestos férricos, en los que Cabrera llegó a destacar internacionalmente. Tras la Gran Guerra, los viajes de físicos y químicos españoles, como Miguel Angel Catalán, Arturo Duperier y Julio Palacios, permitieron estrechar los contactos con algunos de los centros más importantes de la física mundial. Las estancias en el extranjero permitieron que una reducida nómina de físicos y químicos españoles, que contituían la flor y nata de dichas disciplinas en España, se pusieran en contacto con las nuevas corrientes y problemas de la física internacional. Además, facilitaron el establecimiento de relaciones de colaboración e información imprescindibles para avanzar en el desarrollo de la física en España.

La fundación del Laboratorio de Investigaciones Físicas de la JAE en 1910 constituyó un hito en el desarrollo de la física y química españolas, su actividad obtuvo un claro espaldarazo con la inauguración el 6 de febrero de 1932 del Instituto Nacional de Física y Química, bajo la dirección de Blas Cabrera, merced a la financiación de la Fundación Rockefeller (38). En los años treinta estaba organizado en seis Secciones: Electricidad y Magnetismo, dirigida por Blas Cabrera; Rayos Roentgen, dirigida por Julio Palacios; Espectroscopia, dirigida por Miguel Angel Catalán; Química-Física, dirigida por Enrique Moles; Química orgánica, dirigida por Antonio Madinaveitia, y la de Electroquímica, dirigida por Julio Guzmán (39). Las investigaciones de Blas Cabrera sobre magnetismo y los trabajos de Miguel Angel Catalán sobre espectrografía (40), fueron las aportaciones más destacadas de la Física española del momento, alcanzando resonancia internacional. El apego de Cabrera al magnetón de Weiss frente al magnetón de Bohr, hicieron que su aportación no fuera más relevante, aunque sus trabajos sobre medidas de susceptibilidades atómicas de tierras raras le situaron en una posición indiscutible en la física internacional, que le llevaron en 1928 a formar parte de la Comisión Científica Internacional del Instituto Internacional de Física Solvay, la más prestigiosa institución internacional de Física de la época, organizadora de las célebres Conferencias Solvay. La aportación a la Física internacional de Miguel Angel Catalán tuvo mayor transcendencia con el descubrimiento de los multipletes, a partir de su estudio del espectro del manganeso en 1921, según Sánchez Ron "a él se debe [se refiere a Catalán] la aportación más destacada no sólo de la historia del laboratorio de la Junta, sino de toda la historia de la física española…La introducción de los multipletes constituyó un paso muy importante en el desarrollo de la teoría cuántica" (41). Otros nombres que destacaron fueron los de Enrique Moles en el campo de la química, Julio Palacios en física o los de José María Plans y Esteban Terradas (42) en física-matemática, adscritos al Seminario Matemático dirigido por Julio Rey Pastor (43).

La situación de la Física y la Química españolas cambio radicalmente por medio de la acción impulsada desde la JAE. No sólo se formó una selecta, aunque reducida, nómina de científicos españoles que estaban al corriente de las nuevas corrientes y teorías científicas de la Física del siglo XX (44), y se establecieron y estrecharon las relaciones científicas con centros de investigación internacional punteros, también la física española se incorporó a la ciencia internacional a través de sus propias aportaciones. Por primera vez había investigación, de alcance internacional, de la ciencia española en el campo de las ciencias físico-químicas. El apoyo económico de la Fundación Rockefeller para la creación del bien dotado Instituto Nacional de Física y Química, inaugurado el 6 de febrero de 1932, permitía pensar en la consolidación de una institución de investigación de nivel internacional. La guerra civil y la dictadura de Franco abortaron este despertar de la Física y la Química españolas.

No podemos en este breve repaso sobre la ciencia en España durante el primer tercio del siglo XX dejar de hacer mención al Institut d´Estudis Catalans (45), fundado en junio de 1907, en coincidencia con la creación de la JAE, bajo el impulso de Enric Prat de la Riba desde la presidencia de la Diputación de Barcelona. Expresión del renacimiento cultural catalán acaecido a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, y que encontró en el catalanismo político la vía de su expresión política. En ese ambiente de reivindicación catalanista se celebró en 1902 el Primer Congreso Universitario Catalán, que reclamó mayores márgenes de autonomía para hacer realidad una universidad catalana frente al marcado carácter centralista de la Universidad española derivado del Plan Moyano de 1857 (46). El Institut d´Estudis Catalans nació inicialmente con una clara vocación de articular e impulsar los estudios sobre Arte, Literatura e Historia en plena concordancia con los presupuestos del catalanismo cultural y político. Pronto amplio su campo de actividades, ambicionando transformarse en la gran institución defensora de la cultura catalana e impulsora de la investigación científica en Cataluña. Para ello se creo en 1911 la Secció de Ciències del Institut, que publicó la revista Arxius del Institut De Ciències y la Secció de Filologia. En aquellos años existía en Barcelona otra relevante institución científica con la que el Institut mantuvo estrechas relaciones, el Laboratorio Microbiológico Municipal. Fundado en 1886-1887 y dirigido por el médico y bacteriólogo Jaume Ferran i Clua, cuyas investigaciones dieron como resultado una polémica vacuna contra el cólera, hasta su sustitución en 1905 por Ramón Turró. Las estrechas relaciones entre Turró y August Pi i Sunyer, catedrático de fisiología en la Universidad de Sevilla e impulsor de la Sección de Ciencias del Institut, del que ambos formaron parte, junto con Eugeni d´Ors y Esteban Terradas entre otros, favorecio la colaboración entre ambas instituciones.

En 1912 Turró y Pi i Sunyer fundaron, como filial del Institut, la Societat de Biologia de Barcelona, que editó la revista Traballs de la Societat de Biologia. Un año después, en 1913, la Sección de Ciencias apoyo la propuesta de Eduard Fontserè, director de la Sección Meteorológica y Sísmica del Observatorio Fabra (47), de crear la Estación Aerológica de Barcelona. La constitución en 1914 de la Mancomunitat de Catalunya representó, hasta su disolución por la dictadura de Primo de Rivera en 1925, un importante apoyo para la ciencia en Cataluña, a través del respaldo financiero al Institut d´Estudis Catalans y al Institut d´Electricitat i Mecànica Aplicades (48). A instancias de Pi i Sunyer, desde 1916 catedrático de Fisiología de la Universidad de Barcelona, financió la aparición en 1920 del Institut de Fisiología (49). En 1934 el Institut d´Estudis Catalans en colaboración con la Universidad Autónoma de Barcelona fundaron el Seminari d´Estudis Físics-Matemàtics, que a partir de 1935 se denominó Centre d´Estudis Matemàtics. Las relaciones del Institut d´Estudis Catalans con la JAE fueron bastante estrechas, favorecidas por las vinculaciones de Pi i Sunyer, Terradas o el propio Turró con la JAE, facilitando la concesión de pensiones a universitarios catalanes y a miembros del Institut (50).

Cuando en 1936 estalló la guerra civil, la ciencia española merced a la labor de la Junta para Ampliación de Estudios había asistido a una auténtica edad de plata. Los resultados de las pensiones, la creación de instituciones de investigación y el establecimiento de estrechas relaciones con instituciones y científicos extranjeros habían sido sus principales logros. Centros de investigación como el Instituto Cajal, el Instituto Nacional de Física y Química, el Centro de Estudios Históricos, el Museo de Ciencias Naturales o algunos de los laboratarios de la JAE, a pesar de la precariedad de medios con los que se habían vistos obligados a desenvolverse, constituían instituciones científicas que estaban en condiciones de figurar en el panorama de la ciencia internacional, si a ellos le añadimos el Institut d´Estudis Catalans, con sus laboratorios de bacteriología y fisiología, podemos afirmar sin caer en exageraciones que España estaba en condiciones de establecer por vez primera en su época contemporánea un verdadero sistema de ciencia, compuesto todavía por una reducida nómina de científicos, algunos de ellos con renombre y alcance internacional, donde Ramón y Cajal había comenzado a dejar de ser la excepción que confirmaba la regla. Además, los científicos consagrados, como Ramón y Cajal, Menéndez Pidal, Ignacio Bolívar, Pío del Río, Pi i Sunyer o Juan Negrín por citar algunos de los más destacados, habían creado escuela y jóvenes científicos como Severo Ochoa, Grande Covián, Ramón Carande, Cándido Bolívar o Nicolás Cabrera Sánchez auguraban la continuidad de la labor iniciada por la JAE. La guerra civil y, posteriormente, la dictadura de Franco dieron al traste con esta oportunidad única para la reincorporación de España al panorama de la Ciencia, abandonado desde hacia siglos.

Las consecuencias de la guerra civil en la destrucción del incipiente sistema científico español. El fin de la Edad de Plata.

El desmoranamiento del Estado republicano durante los primeros meses de la guerra civil y la radicalización de esos días dieron lugar a detenciones de catedráticos y científicos considerados desafectos a los aires revolucionarios que impregnaron el bando republicano. La Junta para Ampliación de Estudios fue contemplada por estos sectores como sospechosa, debido a su espíritu liberal, vinculado con los postulados regeneracionistas e institucionistas de muchos de sus miembros fundadores. Castillejo, el secretario durante tantos años de la JAE fue detenido, inmediatamente liberado marchó a Londres para iniciar un exilio del que no retornaría. La progresiva normalización de la zona republicana puso fin a los excesos. De hecho uno de los pilares de la República fueron los hombres que de una u otra forma estuvieron vinculados a la JAE. Juan Negrín fue ministro del Gobierno de Largo Caballero y después pasó a dirigir el Gobierno republicano hasta el final de la guerra civil, Blas Cabrera Sánchez, hijo de Blas Cabrera Felipe y discípulo de Negrín, fue su secretario durante la guerra y Cándido Bolívar, hijo de Ignacio Bolívar, fue Secretario General de la Presidencia de la República con Azaña. En agosto de 1936 la JAE fue remodelada, Ignacio Bolívar fue confirmado como Presidente de la misma y Ramón Navarro Tomás como Secretario (51). En diciembre de 1936 el Ministerio de Instrucción Pública declaró canceladas todas las pensiones concedidas antes del 18 de julio de 1936 y nombró una Comisión Provisional para llevar desde Valencia la actividad de la JAE, de la que fue nombrado presidente Manuel Márquez (52). En cualquier caso, la actividad de la JAE terminó con el estallido de la guerra civil, las circunstancias de la misma y su desenlace pusieron fin a la existencia de la JAE.

La guerra civil freno en seco los embriones de un sistema científico en España. Las bases ideológicas y culturales de la dictadura del general Franco representaron un retroceso de alcance histórico para el débil y frágil entramado científico español. El exilio, que significó la sangría de una parte sustancial del capital humano de la cultura española, incluido el componente científico, provocó una descapitalización que tardó decenios en ser solventada. Además, la depuración emprendida tras el fin de la guerra por los vencedores golpeó con extremada dureza al sistema educativo y científico español, las depuraciones de maestros, profesores universitarios y científicos excluyeron de la práctica profesional a miles de personas capacitadas, condenadas a un duro y amargo exilio interior, cuyo coste no ha sido suficientemente mensurado hasta el momento para el desarrollo educativo, la formación y cualificación de la sociedad española de la larga posguerra.

La continuidad de la actividad científica y del espíritu con el que nació la JAE fue imposible tras la finalización de la guerra civil. El carácter ultramontano y reaccionario que alimentaba el llamado bando nacional veía a la JAE, al ideario que la inspiró y vio nacer y a sus hombres como enemigos y causantes del mal que se pretendía extirpar a sangre y fuego. Desde el principio del Gobierno de Burgos no quedaron dudas sobre la actitud que mantendría hacia la JAE. El Decreto de 19 de mayo de 1938 traspasaba al Instituto de España y a las universidades los servicios de la JAE a la que venía a sustituir (53). Tampoco escapó de las represalias el Institut d´Estudis Catalans, cuyo Institut de Fisiología fue suprimido en 1939. La ley de 24 de noviembre de 1939 por la que se creaba el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dejaba poco espacio para dudar de los nuevos y negros aires con los que la dictadura de Franco contemplaba a la Ciencia: "En las coyunturas más decisivas de su historia concentró la hispanidad sus energías espirituales para crear una cultura universal. esta ha de ser, también, la ambición más noble de la España del actual momento que, frente a la pobreza y paralización pasadas [sic], siente la voluntad de renovar su gloriosa tradición científica. Tal empeño ha de cimentarse, ante todo, en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruída en el siglo XVIII [sic]. Para ello hay que subsanar el divorcio y discordia entre las ciencias especulativas y experimentales y promover en el árbol total de la ciencia su armonioso incremento y su evolución homogénea, ... Hay que imponer, en suma, al orden de la cultura, las ideas esenciales que han inspirado nuestro Glorioso Movimiento, en las que se conjugan las lecciones más puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad" (54). Un lenguaje que remitía directamente a la anquisolada concepción de la Ciencia que defendían desde los claustros universitarios del siglo XIX los sectores más ultramontanos de la sociedad española que, como ha señalado Moreno González, "tenían por más meritorio y transcendente defender a ultranza la fe católica que adaptarse a las novedades científicas (…), el mal contagioso, digo, era el carácter mundano de la nueva física, la física que siendo cartesiana o newtoniana,…, suponía el abandono definitivo del estilo escolástico" (55).

En el bando franquista las voces contra la Junta, su ideario, actuación y principales figuras retomaron con renovada virulencia las críticas que desde los sectores más conservadores de la sociedad española se habían pronunciado desde su nacimiento, llegando a niveles de descalificación que se deslizaron por los escabrosos territorios de la ofensa personal, la injuria y la falsedad (56).

El exilio de la Ciencia española. Una pérdida irreparable.

La instauración de la dictadura de Franco conllevó la partida hacia el exilio de una parte sustancial de la intelectualidad y los científicos españoles, lo que constituyó un golpe irreparable para las expectativas abiertas con la JAE de instaurar un sistema científico capaz de integrar a España al panorama de la Ciencia. Figuras de la talla de Ignacio Bolívar, Blas Cabrera, Rafael Altamira, Claudio Sánchez Albornoz, Luis Jiménez de Asúa, José Ortega y Gasset, Américo Castro, Cándido Bolívar, Gonzalo Rodríguez Lafora, Antonio Madinaveitia, August Pi i Sunyer, Enrique Moles, Manuel Martínez Risco, Pedro Bosh Gimperá, José Castillejo, Alberto Jiménez Fraud, Odón de Buen, José Giral, José Trueta, José Puche Alvárez, Rafael Méndez, José María García Vadecasas, Enrique Rioja Lo-Bianco, José Cuatrecasas, Luis A. Santaló, Angel Garma, Francisco Durán Reynals o Severo Ochoa entre otros muchos más, emprendieron el camino del exilio (57). Una auténtica sangría de la que la Ciencia española no se recuperó y cuyas consecuencias se proyectaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

En 1939 se organizó en París la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero (UPUEE), presidida por Gustavo Pittaluga, catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid y fundador de la Escuela Nacional de Sanidad, su primer secretario fue Alfredo Mendizábal, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Oviedo. Tras la ocupación alemana de Francia, Pittaluga se trasladó a Cuba donde residió todo su exilio, allí organizó la Primera Conferencia de Profesores Universitarios Españoles en el Exilio, en 1943, donde se decidió trasladar la sede de la UPUEE a México. Del exilio iniciado en 1939 formaban parte de la UPUEE 73 catedráticos de universidad, sobre un total de los 579 catedráticos de universidad que existían en agosto de 1935, incluidos los que estaban en situación de excedencia y 142 profesores de universidad, en total 215 profesores de universidad.


FUENTE:

Luis Enrique Otero Carvajal
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeVie 06 Mayo 2011, 20:50

El exilio de las Ciencias Naturales. La destrucción de la Edad de Plata de la Ciencia española.

En el campo de la Física Blas Cabrera marchó a Francia donde fue Maître de Recherches del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique) hasta su partida a México en 1942 donde falleció. Arturo Duperier, catedrático de Geofísica de la Universidad de Madrid, marchó a Gran Bretaña donde fue profesor de la Universidad de Birmingham y del Colegio Imperial de Londres, donde continuó sus investiagaciones sobre rayos cósmicos, en las que fue una autoridad internacional, hasta su regreso a España en 1950, aunque recuperó la cátedra de la Universidad de Madrid su carrera científica fue cercenada al bloquear en la frontera francesa los equipos científicos que los físicos británicos le habían donado, condenado a dar clases en los primeros cursos de la licenciatura falleció a los pocos años de su regreso en 1959. Manuel Martínez Risco, catedrático de Acústica y Óptica de la Universidad de Madrid, se exilió en Francia, donde fue Maître de Recherches del CNRS, donde continuó sus investigaciones sobre ondas lumínicas. Pedro Carrasco Garrorena, catedrático de Física Matemática de la Universidad de Madrid, decano de la Facultad de Ciencias de Madrid y Director del Observatorio Astronómico de Madrid se exilió en México donde fue profesor de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Honorato de Castro, catedrático de Astronomía esférica y Geodesia de la Universidad de Madrid inició su exilio en los Estados Unidos para posteriormente establecerse en México. Nicolás Cabrera Sánchez, hijo de Blas Cabrera, tras doctorarse en París con Luis de Broglie, se exilió en los Estados Unidos, donde fue profesor de las universidades de Bristol y Virginia, de la que fue catedrático, sus investigaciones sobre la estructura de los cristales alcanzaron resonancia internacional, en los años setenta regresó a España tras la creación de la Universidad Autónoma de Madrid para dirigir el Departamento de Física Fundamental.

También partieron al exilio Germán Colado, profesor ayudante de Física de la Universidad de Madrid; Pedro Couceiro, profesor ayudante de Física de la Universidad de Madrid; Pedro Pi i Calleja, profesor encargado de curso de Matemáticas de la Universidad de Barcelona; Estanislao Ruiz Posetti, profesor auxiliar de Matemáticas de la Universidad de Barcelona; Marcelo Santalo Sors, profesor ayudante de Astronomía de la Universidad de Madrid;

En el campo de la Química, Enrique Moles Ormella, catedrático de Química Inorgánica de la Universidad de Madrid, autoridad mundial en la determinación de pesos moleculares y atómicos, se exilió en Francia, donde fue nombrado Maître de Recherches del CNRS, en 1941, tras la derrota de Francia por la alemania nazi, regresó a España, donde tras ser denunciado fue sometido a Consejo de guerra, condenado a muerte fue posteriormente sustituida por cadena perpetua, dos años después fue puesto en libertad, nunca recuperó su cátedra y hasta su fallecimiento en 1953 formó parte del exilio interior, teniendo que ganarse la vida en los laboratorios IBYS, interrumpiendo de esta forma la carrera científica del químico más brillante de la España de la primera mitad del siglo XX. Augusto Pérez Vitoria, discípulo de Moles y catedrático de Química Inorgánica de la Universidad de Murcia se exilio en Francia donde ocupó destacados puestos en la UNESCO, se reincorporó tras el fin de la dictadura, en 1976, a su cátedra de la Universidad de Murcia al final de su vida científica. Antonio García Banús, catedrático de Química Orgánica de la Universidad de Barcelona, Vicerrector de la Universidad de Barcelona se exilió en Colombia, donde fundó la Facultad de Química de Bogotá de la que fue catedrático y Decano, también fundó y dirigió el Laboratorio de Investigaciones de Química Orgánica de la Facultad de ciencias Físicas y matemáticas de la Universidad de los Andes en Venezuela. José Giral Pereira, catedrático de Química Orgánica de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid, Rector de la Universidad de Madrid, se exilió en México donde fue profesor de la Escuela de Ciencias Biológicas del IPN y de la Escuela Nacional de Ciencias Químicas de la UNAM, continuó sus investigaciones sobre química de los alimentos y fue Presidente de la UPUEE (Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero). Antonio Madinaveitia Tabuyo, catedrático de Química Orgánica Aplicada y Decano de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid, exiliado en México creó el Instituto de Química de la UNAM. Francisco Giral González, catedrático de Química Orgánica Aplicada de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Santiago de Compostela, hijo de José Giral, se exilió en México donde fue profesor de Química Orgánica del IPN y de la UNAM, en 1976 regresó a España donde se reincorporó tras el fin de la dictadura a la cátedra en la Universidad de Salamanca.

Además de los mencionados anteriormente, partieron al exilio en 1939 los profesores de las Facultades de Ciencias y Farmacia: Leone Abramson, profesor ayudante de Química de la Universidad de Valencia; Adela Barnés, profesora auxiliar de Química Inorgánica de la Universidad de Madrid; Alfonso Boix Vallicrosa, profesor ayudante de Química Orgánica de la Universidad de Barcelona; Enrique García Fernández, profesor ayudante de Química Orgánica de la Universidad de Madrid; José Gómez Ibáñez, profesor ayudante de Química Técnica de la Universidad de Madrid; Olimpio Gómez Ibáñez, profesor ayudante de Química Biológica de la Universidad de Madrid; Juan Madinaveitia Jungerson, profesor ayudante de Química Orgánica de la Universidad de Madrid; Miguel Masriera Rubio, profesor agregado de Físico-Química de la Universidad de Barcelona; Eugenio Muñoz Mena, profesor ayudante de Química Orgánica de la Universidad de Valladolid; César Roquero Sanz, profesor ayudante de Química General de la Universidad de Madrid o Ernesto Seijo, profesor ayudante de Química Orgánica de la Universidad de Santiago

En el campo de las ciencias biológicas, el exilio fue encabezado por la gran figura de los naturalistas españoles, ignacio Bolívar, quién con cerca de noventa años partió para México para allí fallecer, su hijo Cándido Bolívar, catedrático de Zoografía de Articulados de la Universidad de Madrid también se exilió en México, donde fue profesor de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN, en la que organizó el Laboratorio Entomológico. Odón de Buen también se exilió en México con 76 años, donde falleció en 1945. Enrique Rioja Lo-Bianco, catedrático de Zoología de la Universidad de Madrid, exiliado en México fue profesor del Instituto de Biología de la UNAM y de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN. Rafael de Buen Lozano, hijo de Odón de Buen, catedrático de Biología de la Universidad de Sevilla, se exilio en Costa Rica donde fue profesor de la Universidad Nacional, posteriormente se trasladó a Venezuela donde fue jefe de Investigación Químico-Biológica de la Universidad Central de Venezuela y, más tarde, en México profesor de la Universidad de Morelia en México. José Cuatrecasas, discípulo de Ignacio Bolívar y de Pío Font Quer, catedrático de Botánica Descriptiva de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid y director del Jardín Botánico de Madrid durante la Segunda República se exilió inicialmente en Colombia, donde prosiguió sus investigaciones botánicas, a la vez que profesor del Instituto Botánico de la Universidad Nacional de Bogotá, director de la Escuela Superior de Agricultura Tropical del valle de Cauca y Director de la Comisión Botánica del valle de Cauca, descubrió numerosas especies botánicas, trasladándose posteriormente a Estados Unidos, a Chicago y a Washington, donde trabajó en la Smithsonian Institution.

También partieron al exilio Federico Bonet Marco, profesor auxiliar de Entomología de la Universidad de Madrid; Fernando de Buen, profesor auxiliar de Biología de la Universidad de Madrid; Alfredo Carabot de Porras, profesor ayudante de Materia Farmacéutica de la universidad de Madrid; Bibiano Fernández Osorio Tafall, profesor del museo de Historia Natural de Pontevedra; Manuel López Figueiras, profesor ayudante de Botánica de la Universidad de Madrid; Faustino Miranda González, profesor del Jardín Botánico de Madrid; Enriqueta Ortega Felíu, profesora auxiliar de Biología de la Universidad de Barcelona; Dionisio Peláez Fernández, profesor ayudante de Entomología de la Universidad de Madrid; Antonio Ortega, profesor auxiliar de Biología General de la Universidad de Oviedo; José Vázquez Sánchez, profesor ayudante de Farmacología de la Universidad de Madrid; Carlos Velo Cobelas, profesor del Museo de Ciencias Naturales de Madrid;

En el campo de la Geología la figura más destacada que partió al exilio fue José Royo Gómez, profesor auxiliar de Paleontología de la Universidad de Madrid y del Museo de Ciencias Naturales, exiliado inicialmente en Colombia se trasladó posteriormente a Venezuela, donde fue profesor de la Universidad Central de Venezuela.

A esta larga lista de nombres habría que añadir aquellos jóvenes estudiantes que partieron al exilio con sus padres y completaron o cursaron sus estudios universitarios en el exilio y posteriormente desarrollaron importantes carreras científicas en los países de acogida, especialmente en México. En cualquier caso, resulta evidente por la relevancia científica de los aludidos el coste que para la física, la química, las ciencias biológicas y las matemáticas en España tuvo el exilio republicano de 1939. En modo alguno resulta exagerado afirmar que dichas disciplinas quedaron heridas de muerte cuando estaban iniciando su despegue en España, poniendo fin durante decenios a los esperanzadores horizontes abiertos con la inauguración en 1932 del Instituto Nacional de Física y Química de la JAE.

Si dramático fue lo sucedido en el campo de la física, química y ciencias naturales trágico fue lo acontecido con las ciencias biomédicas, que a la altura de 1936 contaban con la suficiente masa crítica para colocar a las mismas en el escenario internacional. El exilio en el campo de las ciencias biomédicas estuvo encabezado por Pío del Río Hortega, autoridad mundial en neuropatología, que inició su exilio en Gran Bretaña, donde recibió el doctorado Honoris Causa por la Universidad de Oxford, para trasladarse posteriormente a Argentina, donde fundó los Archivos de Histología Normal y Patológica en 1943, falleció en Buenos Aires en 1945. Isaac Costero Tudanca, discípulo de Pío del Río, catedrático de Histología de la Universidad de Valladolid, inicio su exilio en Francia, para trasladarse posteriormentea México donde fue catedrático de Anatomía Patológica de la UNAM y Presidente de la Academia Nacional de Medicina de México en 1968. Juan Negrín, exiliado en Gran Bretaña falleció en 1956, donde sus ocupaciones políticas de la República en el exilio le impidieron retornar a la carrera científica. José García Valdecasas, catedrático de Fisiología de la Universidad de Salamanca y Granada, se exilió en México donde fundó un laboratorio farmacéutico. August Pi i Sunyer, catedrático de la Universidad de Barcelona y principal impulsor con Turró de la escuela de fisiología catalana se exilió en Venezuela, donde fue profesor de Fisiología de la Universidad Central de Venezuela y creó y dirigió el Instituto de Medicina Experimental de dicha Universidad. Santiago Pi i Sunyer, hermano de August, catedrático de Fisiología General y Especial de la Universidad de Zaragoza, Vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura durante la República, se exilió en Panamá, donde fue profesor de Fisiología de la Universidad de Panamá, posteriormente se trasladó a Bolivia donde fue profesor de Fisiología de la Universidad de Cochabamba. Jaime Pi i Sunyer, hijo de August, catedrático de Fisiología de la Universidad de Santiago de Compostela, fue profesor de Fisiología de la UNAM y de la Escuela de Ciencias Biológicas del IPN, fundó con Isaac costero, Dionisio Nieto y Sixto Obrador el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos de la Facultad de Medicina de la UNAM, en 1944 se trasladó a Nueva York donde se dedicó a la asesoría científica de grandes empresas farmacéuticas norteamericanas. José Puche Alvárez, discípulo de August Pi i Sunyer, catedrático de Fisiología de la Universidad de Valencia, rector de dicha Universidad, Director del Instituto Nacional de la Alimentación, exiliado en México fue profesor de Fisiología de la UNAM y del IPN, investigador de la Facultad de Medicina de la UNAM, director de la revista Ciencia, fundada por los científicos exiliados, y presidente de la UPUEE. Rafael Méndez Martínez, discípulo de Negrín y Teófilo Hernando, catedrático de Terapéutica de la Facultad de Medicina de Cádiz y Sevilla, exiliado en Estados Unidos, fue profesor de la Universidad de Harvard y, posteriormente, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Loyola de Chicago, en 1947 se trasladó definitivamente a México, para incorporarse al Departamento de Farmacología del Instituto Nacional de Cardiología como jefe de investigación, fue profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM y consultor de Farmacología del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN. Felipe Jiménez de Asúa, catedrático de Histología e Histoquímica de la Universidad de Zaragoza, se trasladó a Argentina antes de la guerra, allí permaneció exiliado tras el fin de la misma, dedicado al mundo editorial. Ramón Pérez Cirera, discípulo de Negrín y de Hernando, catedrático de Terapéutica de Cádiz, emigró a México en vísperas de la guerra civil instalándose allí definitivamente, fue profesor y jefe del Departamento de Farmacología de la Facultad de Medicina de la UNAM. Gustavo Pittaluga Fattorini, catedrático de Parasitología y Patología Tropical de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, Director de la Escuela de Sanidad y miembro de la Comisión de Paludismo de la Sociedad de Naciones, exiliado en París impulsó la creación de la UPUEE, de la que fue su primer presidente, se trasladó posteriormente a Cuba, donde organizó en 1943 la Conferencia de Profesores Universitarios Españoles, permaneció en La Habana hasta su fallecimiento en 1956. Gonzalo Rodríguez Lafora, discípulo de Ramón y Cajal, profesor del Instituto Cajal, neuropsiquiatra, exiliado en México al cabo de pocos años regresó a España. Dionisio Nieto Gómez, neuropsiquiatra, discípulo de Pío del Río, investigador del Instituto Cajal, exiliado en México fundó con Jaime Pi i Sunyer, Isaac costero y Sixto Obrador el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos de la Facultad de Medicina de la UNAM en 1941, transformado posteriormente en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, fue jefe del Servicio de Psiquiatría e Investigaciones del Instituto Nacional de Neurología. Angel Garma, discípulo de Negrín, Pío del Río y Hernando, estudio en Berlín pensionado por la JAE con Adler, el discípulo de Freud, exiliado en Argentina, fundo y presidió la Asociación de Psicoanálisis de Argentica, fue director del Instituto Psicoanalítico Argentino, fundador y director de la Revista de Psicoanálisis, el Instituto de Psicoanálisis de Buenos Aires lleva su nombre. Sixto Obrador Alcalde, estaba especializándose en Gran Bretaña cuando estalló la guerra civil en neurología y neurocirugía, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial se trasladó a México donde fundó el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos de la Escuela de Medicina de la UNAM, trabajó en el Instituto de Neuro-Psiquiatría, a finales de los años cuarenta regresó a España, cerradas las puertas de la universidad se integró en el equipo médico dirigido por Carlos Jiménez Díaz. Federico Pascual del Roncal, jefe del Departamento de Psiquiatría e Higiene Mental del Ministerio de Sanidad, se exilió en México, donde fue profesor de Psicoterapia de la UNAM y jefe del Servicio Psiquiátrico del Instituto Médico Pedagógico de México. Marcelino Pascua Martínez, profesor de higiene en Madrid, Director General de Sanidad durante la República, exiliado en Estados Unidos fue profesor de Bioestadística y Epidemiología de la Escuela de Hiegiene de la Universidad John Hopkins de Baltimore. Gumersindo Sánchez Guisande, catedrático de Anatomía de la Universidad de Zaragoza, exiliado en Argentina, fue director del Sanatorio Hispano Americano de Buenos Aires y miembro del Instituto de Anatomía de la Universidad de Buenos Aires. Juan Cuatrecasas Arumi, catedrático de Patología de la Universidad de Sevilla, exiliado en Argentina fue profesor de la Universidad del Litoral, posteriormente en Bolivia fue profesor de la Universidad de Cochabamba. Luis Sayé, profsor agregado de Tisiología de la Universidad de Barcelona, exiliado en Argentina fue catedrático de las universidades de Buenos Aires y Montevideo. Alejandro Otero Fernández, catedrático de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Granada, de la que fue vicerrector, exiliado en México trabajó en el Hospital Español. José Torre Blanco, profesor agregado de Obstetricia de la Facultad de Medicina de Madrid, exiliado en México fue profesor de la Escuela de Medicina del IPN y jefe de servicio del Hospital General y del Hospital Juárez. Jesús María Bellido Golferichs, catedrático de Terapéutica de la Universidad de Barcelonase exilio en Francia; Joaquín Trías Puyol, catedrático de Terapéutica Operatoria de la Facultad de Medicina de Barcelona, de la que fue Decano, exiliado en Francia al cabo de pocos años regresó a España. Antonio Trías Puyol, catedrático de Patología Quirúrgica de la Universidad de Barcelona, se exilio en Colombia. José Trueta Raspall, profesor ayudante de cirugía de la Universidad de Barcelona, exiliado en Gran Bretaña fue consejero de la Sanidad Militar británica durante la Segunda Guerra Mundial, cirujano del Wingfield Morris Orthopedic Hospital de Oxford, profesor de cirugía de la Universidad de Oxford, doctor honoris Causa por la Universidad de Oxford, de prestigio internacional por su método oclusivo para tratar a los heridos de guerra. Manuel Márquez Rodríguez, catedrático de Oftalmología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, colaborador de Ramón y Cajal, Decano de la Facultad de Medicina en 1936, exiliado en México, presidente del Ateneo Ramón y Cajal de México, institución creada por el Presidente Cárdenas para convalidar las titulaciones de los cerca de 500 médicos españoles exiliados en México en 1939, presidente de la UPUEE al fallecimiento de Ignacio Bolívar en 1944. José Sánchez-Covisa, catedrático de Dermatología y Sifiliografía de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, exiliado en Venezuela, fue asesor del Ministerio de sanidad y director ad honorem de la Clínica Dermatológica de la Universidad Central de Venezuela. Germán García García, discípulo de Negrín, profesor de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, radiólogo del Instituto Nacional del Cáncer dirigido por Pío del Río, exiliado en Francia trabajó en el Instituto del Radium de París, en 1940 se trasladó a México, donde creó la cátedra de Oncología de la Escuela Superior de Medicina del IPN y el Servicio de Enfermedades Neoplásicas del Hospital Español. Severo Ochoa, alumno del Laboratorio de Fisiología de Negrín en la Residencia de Estudiantes, profesor adjunto de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, al estallar la guerra civil se trasladó a Alemania a trabajar con Meyerhof en Heidelberg, premio Nobel, posteriormente se trasladó a a trabajar en el laboratorio de Bioquímica de la Universidad de Oxford, en 1941 se trasladó a México y desde allí a los Estados Unidos, donde ocupó la cátedra de Bioquímica de la Esuela de Medicina de la Universidad Washington en Saint Louis, posteriormente fue jefe del Departamento de Bioquímica de la Universidad de Nueva York, premio Nobel de Medicina en 1959 por sus investigaciones sobre los polinucleótidos, el principal de los cuales es el ácido ribonucleico (RNA), tras su jubilación y el fin de la dictadura regresó a España.

Además de los mencionados partieron al exilio en 1939 entre otros Victoriano M. de Acosta, profesor auxiliar de Otorrinolaringología de la Universidad de Madrid; Pablo Agusti Planell, profesor auxiliar de Terapéutica de la Universidad de Barcelona,Guillermo Angulo, profesor de la Escuela Nacional de Pediatría de Madrid; Trinidad Arroyo de Márquez, profesora auxiliar de Oftalmología de la Universidad de Madrid; Urbano Barnés González, profesor auxiliar de Ginecología y Obstetricia de la Universidad de Madrid; Julio Bejarano, profesor auxiliar de Dermatología de la Universidad de Madrid; Francisco Bergos Ribalta, profesor ayudante de Anatomía de la Universidad de Barcelona; Juan Bofill, profesor encargado de curso de Histología y Anatomía Patológica de la Universidad de Barcelona; Blas Cabrera Sánchez, hijo de Blas Cabrera, profesor auxiliar de Fisiología de la Universidad de Madrid; Gabriel Capó Valle, profesor ayudante de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona; Rosendo Carrasco Formiguera, profesor agregado de Enfermedades de la Nutrición de la Universidad de Barcelona; Cristián Cortes Lladó, profesor ayudante de Cardiología de la Universidad de Barcelona; Joaquín D´Harcourt Got, profesor ayudante de Patología Quirúrgica de la Universidad de Barcelona; Diego Díaz Sánchez, profesor ayudante de Fisiología de la Universidad de Madrid; Pedro Domingo Sanjuán, profesor agregado de Microbiología y Parasitología de la Universidad de Barcelona; Luis Fanjul, profesor auxiliar de Parasitología de la Universidad de Madrid; Alberto Folch i Pi, profesor de Endocrinología y Nutrición de la Universidad de Barcelona; F. Folch, profesor ayudante de Fisiología de la Universidad de Barcelona; Rafael Fraile, profesor auxiliar de Medicina Legal de la Universidad de Madrid; Luis Fumagallo, profesor agregado de Otorrinolaringología de la Universidad de Madrid; José Garreta, profesor encargado de Farmacología de la Universidad de Barcelona; Antonio Griño, profesor encargado de curso de Neuro-Cirugía de la Universidad de Barcelona; Francisco Herráiz Serrano, profesor auxiliar de Anatomía Descriptiva de la Universidad de Madrid; Juan Manuel Herrera Bollo, catedrático de Hsitología de la Universidad de Cádiz; Leoncio Jaso Roldán, profesor ayudante de Patología General de la Universidad de Madrid; José Luchsinger, profesor de Obstetricia de la Universidad de Madrid; Ricardo Martín Serra, profesor ayudante de Farmacología de la Universidad de Cádiz; Emilio Mira López, profesor agregado de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona; Mariano Nuñez Maz, profesor auxiliar de la Escuela de Odontología de Madrid; Marcelino Pascua, profesor encargado de Higiene de la Universidad de Madrid; Antonio Peyri, profesor encargado de curso de Dermatología de la Universidad de Barcelona; César Pi i Sunyer, profesor ayudante de Bioquímica de la Universidad de Barcelona; Miguel Prados, profesor de Anatomía Patológica del Instituto Cajal; Jaime Raventós, profesor ayudante de Fisiología de la universidad de Barcelona; Manuel Rivas Cherif, profesor auxiliar de Oftalmología de la Universidad de Madrid; Ramón Rodríguez de Mata, profesor de Clínica de la Universidad de Madrid; Angel Rodríguez Olleros, profesor ayudante de Terapéutica de la Universidad de Madrid; Jacinto Segovia, profesor ayudante de Patología Quirúrgica de la Universidad de Madrid; Germán Somolinos D´Ardois, profesor ayudante de anatomía Patológica de la Universidad de Madrid; Paulino Suárez, profesor ayudante de Microbiología de la Universidad de Madrid; Heliodoro Téllez Plasencia, profesor encargado de curso de Terapéutica Física de la Universidad de Barcelona; José Torre Blanco, profesor auxiliar de Obstetricia de la Universidad de Madrid; Manuel Usano, profesor ayudante de Fisiología de la Universidad de Valencia; Enrique Vázquez López, profesor de la Universidad de Madrid; Carlos Zozaya, profesor auxiliar de Parasitología de la Universidad de Madrid.

El relato de nombres en el campo de las ciencias biomédicas resulta interminable, expresión del grado de madurez alcanzado por las mismas a la altura de 1936 en España. Instituciones como el Instituto Cajal, los laboratorios de la JAE en la Residencia de Estudiantes y el Institut de Fisiologia del Institut d´Estudis Catalans hablan por si mismos de la existencia de centros de investigación consolidados. Tras la muerte de Ramón y Cajal en 1934, las ciencias biomédicas españolas seguían contando con figuras de renombre internacional como Pío del Río, August Pi i Sunyer, Isaac Costero o José García Valdecasas y a través de susinvestigaciones y docencia habían creado escuela, en esta última labor también hay que recordar lafigura de Juan Negrín, el futuro estaba garantizado con jóvenes profesores como Severo Ochoa o Francisco Grande Covián, por no mencionar a los jóvenes que partieron al exilio y allí completaron sus estudios e iniciaron sus carreras científicas.

México fue el principal beneficario de este éxodo obligado, la Universidad Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional se nutrió del saber y la práctica científica de los exiliados españoles, en menor medida, pero no menos importante fueron las aportaciones de los científicos españoles en Argentina, Venezuela, Colombia, Panamá, Santo Domingo o la República Dominicana, también Estados Unidos se beneficio de de dicha hemorragia. El Institut de Fisiologia de Barcelona fue cerrado en 1939 por las nuevas autoridades franquistas, y con ello desaparecio la escuela de fisiologia catalana. La escuela de Fisiología de Negrín sufrió las mismas consecuencias, siendo desmantelado el Laboratorio de Fisiologia de la Residencia. El Instituto Cajal fue entregado a un enólogo, destruyendo la obra de Ramón y Cajal y su escuela de histologia.

El exilio de los científicos sociales, una pérdida irreparable.

Las humanidades y las Ciencias Sociales también sufrieron pérdidas irreparables. La historiografía, la filosofía y el derecho que a través del Centro de Estudios Históricos de la JAE habían registrado un importante impulso fueron seriamente dañadas. Sirva la breve relación de exiliados como una primera aproximación de las nefastas consecuencias que para las mismas tuvo la instauración de la dictadura franquista.

En el ámbito de los entonces denominados estudios de filosofía y letras partieron al exilio Juan María Aguilar, catedrático de Historia de España de la Universidad de Sevilla y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid durante la guerra civil; Herminio Almendros, profesor de Pedagogía de la Universidad de Barcelona; Rafael Altamira, catedrático de la Universidad de Madrid; Genaro Artiles Rodríguez, profesor auxiliar de la Universidad de Madrid; María Teresa Bermejo, profesora ayudante de Paleografía de la Universidad de Madrid; Pedro Bosch Gimpera, catedrático de Prehistoria, Rector de la Universidad de Barcelona y Director del Museo Arqueológico de Catalunya; Domingo Casanovas Pujadas, profesor ayudante de Filosofía de la Universidad de Barcelona; Américo Castro, catedrático de Historia de la Lengua Española de la Universidad de Madrid; Margarita Comas, profesora agregada de Pedagogía de la Universidad de Barcelona; Pedro Corominas, profesor agregado de Filosofía Romántica de la Universidad de Barcelona; Marcel Chevalier, profesor encargado de curso de Geografía de la Universidad de Barcelona; José Fernández Montesinos, profesor auxiliar de Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Madrid; José Gaos, catedrático de Introducción a la Filosofía de la Universidad de Madrid, Rector de la misma; Jose Manuel Gallegos Rocafull, profesor auxiliar de Sociología de la Universidad de Madrid; Juan David García Bacca, catedrático de Lógica de la Universidad de Santiago; Sebastián González, profesor auxiliar de Paleografía de la Universidad de Santiago; Urbano González de la Calle, catedrático de Latín, Estilística y Métrica y Lengua Sánscrita de la Universidad de Madrid; Malaquías Gil Arantegui, profesor ayudante de la Universidad de Zaragoza; Pedro Grases, profesor encargado de Literatura de la Universidad de Barcelona; Jorge Guillén, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Sevilla; Antonio Jaén Morente, catedrático de Historia de la Universidad de Sevilla; J. P. Landsberg, profesor agregado de Filosofía de la Universidad de Barcelona; Vicente Llorens Castillo, profesor de Literatura del Centro de Estudios Históricos; Lorenzo Luzuriaga, profesor de Pedagogía de la Universidad de Madrid; José Ignacio Mantecón Navasal, profesor auxiliar de Paleografía de la Universidad de Zaragoza; Juan Mascaró, profesor ayudante de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona; Agustín Millares Carlo, catedrático de Paleografía de la Universidad de Madrid; Concepción Muedra Benedito, profesora auxiliar de Historia Medieval de la Universidad de Madrid; Tomás Navarro, profesor de Fonética de la Universidad de Madrid; Eduardo Nicol Francisca, profesor ayudante de Psicología de la Universidad de Barcelona; Luis Nicolau d´Olwer, profesor agregado de Lengua y Literatura Latinas de la Edad Media de la Universidad de Barcelona; Juan Petit, ayudante de Latín de la Universidad de Barcelona; Carlos Riba, profsor agregado de Lengua y Literatura Griegas de la Universidad de Barcelona; Juan Roura Parella, profesor agregado de Pedagogía de la Universidad de Barcelona; Pedro Salinas, catedrático de Lengua y Litertaura Españolas de la Universidad de Madrid; Claudio Sánchez Albornoz, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Madrid; Rafael Sánchez Ventura, profesor auxiliar de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza; Miguel Santalo Parvorell, profesor encargado de Geografía de la Universidad de Barcelona; Luis A. Santullano, profesor auxiliar de Pedagogía de la Universidad de Madrid, vicepresidente de la JAE; Alfonso Serra Baldó, profesor encargado de Literatura de la Universidad de Barcelona; Fernando Soldevilla, profesor agregado de Historia de la Universidad de Barcelona; Ramón Sugrañes de Franch, profesor ayudante de Filología Clásica de la Universidad de Barcelona; María Zambrano, profesora ayudante de Filosofía de la Universidad de Madrid; Luis de Zulueta, catedrático de Pedagogía de la Universidad de Madrid, Joquín Xirau i Palau, catedrático de Lógica y Teoría del Conocimiento de la Universidad de Barcelona

En el campo del Derecho Niceto Alcalá Zamora, catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Valencia; Francisco Ayala, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Santiago; Justino de Azcárate, profesor ayudante de Derecho Político de la Universidad de Madrid; Pablo Azcárate Flores, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Granada; José de Benito Mampel, catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Zaragoza; Francisco Blasco, profesor ayudante de Derecho Penal de la Universidad de Madrid; Gabriel Bonilla Marín, catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Granada; Julián Calvo Blanco, profesor ayudante de Derecho Penal de la Universidad de Murcia; José Castillejo, catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Madrid; Francisco Cifuentes Sáenz, profesor auxiliar de Derecho Civil de la Universidad de Madrid; Miguel Cuevas, profesor auxiliar de Derecho Administrativo de la Universidad de Madrid; Gabriel Franco y López, catedrático de Economía y Hacienda Pública de la Universidad de Salamanca; Angel de la Fuente, profesor ayudante de Derecho Penal de la Universidad de Madrid; Jesús Galíndez Suárez, profesor ayudante de la Universidad de Madrid; Manuel García Miranda, profesor ayudante de Derecho Político de la Universidad de Madrid; Mariano Gómez González, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Valencia; Emilio González López, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Santiago; José González Vicén, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada; Manuel Hernando Solana, profesor auxiliar de Derecho Político de la Universidad de Valencia; Vicente Herrero Ayllón, profesor ayudante de Derecho Político de la Universidad de Madrid; Luis Jiménez Asúa, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Madrid; Mariano Jiménez Huerta, profesor ayudante de Derecho Penal de la Universidad de Madrid; Manuel López Rey, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de La Laguna; Javier Malagón Barceló, profesor ayudante de Derecho Procesal de la Universidad de Madrid; Angel Marín Luna, profesor ayudante de Derecho Internacional de la Universidad de Barcelona; Manuel Martínez Pedroso, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Sevilla; Alfredo Matilla Jimeno, profesor auxiliar de Derecho Internacional de la Universidad de Madrid; José Medina Echavarría, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Murcia; Alfredo Mendizábal Villalba, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Oviedo; José Miranda González, profesor auxiliar de Derecho Político de la Universidad de Madrid; Antonio Moles Caubet, profesor agregado de Derecho Público y Ciencia Política de la Universidad de Barcelona; Angel Moliner Gimeno, profesor auxiliar de Derecho Penal de la Universidad de Valencia; Francisco Félix Montiel, profesor auxiliar de Derecho Administrativo de la Universidad de Murcia; Landelino Moreno, profesor auxiliar de Historia de las Instituciones de América de la Universidad de Madrid; José María Ots Capdequí, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Valencia; Rafael de Pina, catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Sevilla; Luis Portillo, profesor auxiliar de Derecho Civil de la Universidad de Salamanca; Jesús Prados Arrarte, catedrático de Economía Política de la Universidad de Santiago; José Quero Morales, catedrático de Derecho Internacional de la Universidad de Sevilla; Blas Ramos Sobrino, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Madrid; Enrique Ramos Ramos, profesor auxiliar de Derecho Romano de la Universidad de Madrid; Luis Recaséns Siches, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Madrid; Fernando de los Ríos Urruti, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Granada; Wenceslao Roces, catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Salamanca; Enrique Rodríguez Mata, catedrático de Economía de la Universidad de Zaragoza; Mariano Ruiz-Funes, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Murcia; Antonio Sacristán y Colás, catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Santiago; Felipe Sánchez Román, catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Madrid; Manuel Sánchez Sarto, profesor agregado de Economía de la Universidad de Barcelona; José María de Semprún Gurrea, profesor auxiliar de Filosofía del Derecho de la Universidad de Madrid; Luis Tobío Fernández, profesor auxiliar de la Universidad de Santiago; Fernando Torino, profesor ayudante de Derecho Penal de la Universidad de Madrid; José Antonio Vandellós, profesor encargado de Economía de la Universidad de Barcelona; Jesús Vázquez Galloso, profesor ayudante de Historia del Derecho de la Universidad de Madrid; Juan Vázquez Galloso, profesor ayudante de la Universidad de Madrid; José Xirau Palau, catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Barcelona.

Nombres como los de Rafael Altamira, Pedro Bosch Gimpera, Claudio Sánchez Albornoz Américo Castro o Adolfo Salazar nos informan de los daños causados por el franquismo a la historiografía española. En el campo de la Literatura, sólo referido a los profesores de universidad sin mencionar aquí a los creadores literarios, novelistas, poetas, autores teatrales, críticos…, figuras como el propio Américo Castro, Jorge Guillén, Tomás Navarro Tomás, Luis Nicolau d´Olwer, Pedro Salinas o en el campo de la Pedagogía José Castillejo, Lorenzo Luzuriaga, Luis A. Santullano o Luis de Zulueta entre otros son representativos del capital humano perdido. En el caso de la Filosofía personalidades como José Gaos, Joaquín Xirau, Maria Zambrano José Ferrater Mora o Juan David García Bacca, por citar algunas de las más significativas, a los que habría que añadir el exilio interior tras su retorno a España en 1946 de José Ortega y Gasset o Julián Marías indican los costes que para la filosofía española tuvo el franquismo. En el campo del Derecho nombres como los de Luis Jiménez Asúa, Pablo Azcárate, José María Ots, Luis Recaséns, Fernado de los Ríos, Wenceslao Roces o Francisco Ayala entre otros representaron una sensible pérdida, a los que habría que añadir los magistrados que partieron camino del exilio, para poder valorar en toda su magnitud los costes que el franquismo tuvo para el Derecho español.

El exilio interior. La condena al silencio.

La persecución no terminó con el exilio, también encontró su proyección en aquellos que se quedaron o retornaron a España tras la finalización de la guerra civil. Numerosos científicos y universitarios fueron expulsados de sus cátedras y puestos como profesores universitarios, mediante los infames expedientes de depuración, iniciando un doloroso exilio interior, en el que quedaron desbaratadas sus carreras científicas. Otros tuvieron peor suerte, al ser fusilados como los rectores de la Universidad de Oviedo, Leopoldo Alas y García Argüelles, hijo de Leopoldo Alas Clarín, de la Universidad de Valencia Juan B. Peset y de la Universidad de Granada, Salvador Vila Hernández, discípulo de Unamuno, o los catedráticos Castro Prieto Carrasco, catedrático de Anatomía Patológica de la Universidad de Salamanca, Arturo Pérez Martín, catedrático de Física Teórica y Experimental y vicerrector de la Universidad de Valladolid, Roberto Araujo García, catedrático de Análisis Matemático de la Universidad de Valencia, Joaquín García Labella, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Granada, Rafael García Duarte, catedrático de Pediatría de la Universidad de Granada, José Palanco Romero, catedrático de Historia de España y Decano de la Facultad de la Universidad de Granada, o la muerte en el campo de concentración de Julián Besteiro, catedrático de Lógica de la Universidad de Madrid por citar algunos de los más relevantes.

Laín Entralgo, falangista y comprometido con la dictadura franquista durante su primera etapa, escribió años después en su Descargo de conciencia: "Desde el Ministerio de Educación Nacional y a través del naciente Consejo de Investigaciones Científicas … después del atroz desmoche que el exilio y la "depuración" habían creado en nuestros cuadros universitarios, científicos y literarios-… continuó implacable tal "depuración" y deliberada y sistemáticamente se prescindio de los mejores, si éstos parecían ser mínimamente sospechosos de liberalismo o republicanismo, o si por debajo de su nivel había candidatos a un tiempo derechistas y ambiciosos. Los ejemplos menudean y sangran. De dirigir la investigación filológica-románica no se encargó a Dámaso Alonso y a Rafael Lapesa -y por supuesto, tan pronto como volvió a España, a don Ramón Menéndez Pidal-, sino a Entrambasaguas y a Balbín. Al frente del Instituto Cajal, nuestro más prestigioso centro científico, no se puso a Tello o a Fernando de Castro, ambos discípulos directos de don Santiago y disponibles ambos en Madrid, sino -entre otros- al enólogo Marcilla, persona excelente y técnico muy competente en lo suyo, pero tan alejado del trato con las células de Purkinje, valga este ejemplo, como del cerebelo pueda estarlo el vino. El gobierno y la orientación de los estudios físicos no fueron encomendados a Julio Palacios, católico y monárquico, dicho sea de inciso, y a Miguel Catalán, espectroscopista de renombre internacional, sino a Jose María Otero Navascués, óptico muy estimable, desde luego, más no comparable entonces con los dos maestros mencionados. Para la dirección de los estudios filosóficos, el P. Barbado fue preferido a Xavier Zubiri, e incluso a don Juan Zaragüeta. Acerca de la actitud del P. Barbado frente a Ortega, toda ponderación sobra; por él y por quienes le llevaron a dirigir el Instituto Luis Vives -¡pobre Luis Vives!- hablaría luego su hermano de hábito l P. Ramirez. Pero tal vez no sea ocioso recordar que aquél, docente eventual en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, fue el principal agente de la escándalosa reprobación de la tesis doctoral de Julián Marías, en 1941; …, En Química física, Moles y los suyos fueron totalmente eliminados a favor de Foz Gazulla, inteligente químico, y buen amigo mío, pero fanático y neurótico. A costa de olvidar su propio pasado …, don Pascual Galindo prevaleció resueltamente sobre José Vallejo y Antonio Tovar, ambos herederos de la naciente filología clásica del Centro de Estudios Históricos y demasiado sospechosos, por tanto, de "continuismo". Obermaier quedó oficialmente olvidado. En Barcelona, el enorme vacío creado por la ausencia de Augusto Pi y Suñer fue habitado por la incipiente y escasa fisiología de Jiménez Vargas, miembro del Opus Dei. ¿Para qué seguir?… la decisión de partir desde cero o desde la más pura derecha se impuso implacablemente" (58).

La depuración y expulsión de sus cátedras y de la universidad afectó a numerosos científicos e intelectuales que permanecieron en España o regresaron al poco de finalizar la guerra. De los 487 catedráticos no jubilados de 1935 159 se encontraban excluidos de la universidad el 1 de febrero de 1945, entre los que se incluyen los que marcharon al exilio y los fallecidos o fusilados durante la guerra civil. Alguno de los casos más relevantes fueron los de José Ortega y Gasset, quién tras su retorno a España en 1946 no recuperó su cátedra; Jorge Francisco Tello, discípulo de Cajal, sucesor de Ramón y Cajal en la cátedra de Histología y Técnica Micrográfica de la Universidad de Madrid, que sólo fue readmitido unos meses antes de su jubilación, tuvo que dedicarse a la actividad privada en los laboratorios IBYS; Enrique Moles, quien a su regreso en 1941 fue condenado a muerte, tras salir en libertad en 1943 se tuvo que dedicar a la actividad privada; José Antón Oneca, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Salamanca; Adolfo Miaja de la Muela, catedrático de Derecho Internacional de la Universidad de Santiago; Antonio García Varela, catedrático de Organografía y Fisiología vegetal de la Universidad de Madrid; José Delulofeu Poch, catedrático de Química Inorgánica de la Universidad de Barcelona; José Casas Sánchez, catedrático de Patología General de la Universidad de Madrid; Miguel Crespí Jaume, discípulo de Moles, catedrático de Química Teórica de la Universidad de Madrid; Fernando González Nuñez, catedrático de Química Técnica, al finalizar la guerra era director del Instituto Nacional de Física y Química, discípulo de Moles; Alberto Chalmeta Tomás, catedrático de Farmacia Práctica de la Universidad de Madrid, Miguel Angel Catalán Sañudo, catedrático de Espectrografía de la Universidad de Madrid, casado con Jimena, hija de Menéndez Pidal, espectroscopista de renombre internacional, apartado de la investigación, recuperó la cátedra en la segunda mitad de los años cuarenta, partió para los Estados Unidos para trabajar en la Universidad de Princeton, en el Instituto de Investigación de Física Teórica donde se encontraba Einstein; Pío Font Quer, director del Instituto Botánico del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, profesor de Botánica de la Universidad de Barcelona, continuó con sus investigaciones durante los años de prisión, era con Cuatrecasas el más importante botánico español; Teófilo Hernado catedrático de Terapéutica de la Universidad de Madrid y presidente del Consejo Nacional de Cultura durante la República tras la renunica de Unamuno, durante la guerra marchó a París, tras su regreso no recuperó su cátedra, dedicado al ejercicio privado de la Medicina; Joaquín Trías, catdrático de Cirugía de la Universidad de Barcelona, tras su regreso a España no recuperó su cátedra; Arturo Duperier, quien a su regresó a principios de los años cincuenta aunque recuperó la cátedra le fue impedido continuar sus investigaciones sobre radiaciones cósmicas, de las que era un experto de renombre internacional; Agustín Viñuales, catedrático de Economía, a su regreso a España tampoco recuperó su cátedra; Ciriaco Mañes, director de la Escuela de Odontología a su regreso a España tampoco pudo reintegrarse a la universidad; Luis Calandre, cardiólogo; Galo Leoz, oftalmólogo discípulo de Cajal, Alejandro Fabra, endocrinólogo; Pedro de la Barreda, discípulo de Negrín en el Laboratorio de Fisiología de la Residencia, tras varios años en los campos de concentración se incorporó al Instituto Médico de Carlos Jiménez Díaz, las puertas de la universidad permanecieron definitavemente cerradas para él; Andres León, discipulo de Antonio Madinaveitia, director de la nueva residencia de la Ciudad Universitaria de Madrid, como sede de la Fundación del Amo, tuvo que ganarse la vida trabajando en laboratorios farmacéuticos. Represalias de orden menor como el descenso en el escalafón universitario, que en cualquier caso se convertían en una seria advertencia, también se produjeron como en los casos de León Cardenal catedrático de Cirugía y antiguo Rector de la Universidad de Madrid o Francisco Orts Llorca, catedrático de Anatomía de la Universidad de Madrid

Algunos que partieron para el extranjero durante la guerra o iniciaron el camino del exilio retornaron años después como Enrique Moles, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o Julio Palacios, su regreso no fue fácil y muchos de ellos se vieron condenados al ostracismo o a desempeñar una callada labor, arrastrando sinsabores y, en muchas ocasiones, tardando años en recuperar su puesto en la Universidad, en las raras ocasiones en las que se produjo (59). Otros que permanecieron en España durante la guerra civil como Miguel Angel Catalán, Juan Francisco Tello o Fernando de Castro fueron también condenados al exilio interior, despojados de sus cátedras tardaron años en recuperarlas, cuando lo lograron sus carreras como científicos estaban definitivamente hipotecadas, como el caso de Jorge Francisco Tello. Xavier Zubiri, Ortega y Gasset o Enrique Moles no regresaron a la Universidad. Finalmente, otros que se encontraban en el extranjero cuando estalló la guerra regresaron al poco de su término y pudieron reiniciar en la España franquista sus carreras científicas como Gregorio Marañon, Esteban Terradas o Julio Palacios. En cualquier caso, los regresos fueron más la excepción que la regla, y cuando estos se produjeron encontraron múltiples dificultades para reintegrarse a sus anteriores puestos. Paradigmático fue lo sucedido con el Instituto Cajal (60) y el Instituto Nacional de Física y Química.

Las palabras del ministro de Educación Nacional, José Ibáñez Martín, pronunciadas en 1940 con motivo de la inauguración del curso universitario en Valladolid son reveladoras del espíritu que iba a informar la política científica y universitaria del franquismo en los primeros decenios de su existencia: "Habiamos de desmontar todo el tinglado de una falsa cultura que deformó el espirítu nacional con la división y la discordia y desraizarlo de la vida espiritual del país, cortando sus tentáculos y anulando sus posibilidades de retoño. Sepultada la Institución Libre de Enseñanza y aniquilado su supremo reducto, la Junta para ampliación de Estudios, el Nuevo Estado acometió, bajo el impulso del Caudillo, la gran empresa de dotar a España de un sólido instrumento que -…- fuera la base de una reestructuración tradicional de los valores universales de la cultura y, al propio tiempo, el medio más apto para crear una ciencia española al servicio de los intereses espirituales y materiales de la Nación… era vital para nuestra cultura amputar con energía los miembros corrompidos, segar con golpes certeros e implacables de guadaña la maleza, limpiar y purificar los elementos nocivos. Si alguna depuración exigía minuciosidad y entereza para no doblegarse con generosos miramientos a consideraciones falsamente humanas era la del profesorado" (61).

La reorganización de la estructura científica se realizó a través de la creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, bajo la presidencia del ministro de Educación Nacional, José Ibáñez Martín, que mantuvo hasta 1967, la Secretaría fue ocupada por José María Albareda hasta su muerte, miembro del Opus Dei desde 1937, fue la figura clave del CSIC durante esos años, y dos Vicepresidencias a cargo de Miguel Asín Palacios y Antonio de Gregorio Rocasolano (62).

Un intento imposible la autosuficiencia tecnológica de la autarquia, 1939-1959.

Los postulados ideológicos y económicos de la primera fase del franquismo, la autarquía, unidos al aislamiento de la dictadura tras el fin de la segunda guerra mundial condujeron al diseño de una política de autosuficiencia que encontró eco en el ámbito tecnológico. La creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas -CSIC-, en 1939 (63), la aprobación de la Ley de Ordenación y Defensa de la Industria Nacional de 24 de noviembre de 1939 y la creación del Instituto Nacional de Industria -INI- en 1941 (64), fueron los tres hechos más relevantes en la persecución de una autonomía tecnológica acorde con los presupuestos autárquicos, a la vez que necesaria como consecuencia del aislamiento internacional de la dictadura durante los años cuarenta. Sin embargo, este esfuerzo se saldó con un sonoro fracaso. Son varias las razones que lo explican (65).

En primer lugar, las dificultades que España atravesó fruto de la destrucción de las infraestructuras y del capital humano producidas durante los tres largos años de guerra civil, el Producto Interior Bruto no recuperó los niveles anteriores al estallido de la guerra hasta bien entrado el decenio de los años cincuenta. Las dificultades económicas, la escasez y el hambre hicieron que los recursos disponibles para recuperar los niveles científico-tecnológicos alcanzados antes de 1936 fueran enormemente escasos. En segundo lugar, la autarquía y el aislamiento internacional hicieron que muchos de los esfuerzos tecnológicos fueran más producto de la necesidad y del voluntarismo que de las posibilidades reales disponibles en aquellos años, por lo que muchos de ellos se saldaron con estrepitosos fracasos. Finalmente, la apertura al exterior iniciada en los años cincuenta, por necesidades imperiosas ante la situación de bloqueo económico con que se enfrentaba la dictadura del general Franco, fue sancionada en 1953 con la firma de los acuerdos bilaterales con los Estados Unidos y confirmada con la aprobación del Plan de Estabilización de 1959, reafirmando la tradicional dependencia tecnológica de la economía española. Efectivamente, el crecimiento económico de los años sesenta se hizo sobre la base de un proceso acelerado de industrialización absolutamente dependiente del capital extranjero.

El CSIC y el INI, presidido por Juan Antonio Suances, constituyeron el tejido del sistema tecnológico español de aquella época. Una etapa caracterizada en el ámbito científico-tecnológico por el predominio de los militares, a través de su control del ministerio de Industria y Comercio. El nacimiento, auspiciado desde el INI de empresas como CETME, Empresa Nacional Calvo Sotelo, Construcciones Aeronáuticas Sociedad Anónima -CASA- y la CETA -Centro de Estudios Técnicos de la Automoción-, junto con la promoción del Patronato Juan de la Cierva, vinculado al CSIC y presidido por Joaquín Planell, fueron las principales apuestas dirigidas a garantizar un desarrollo tecnológico autónomo, con la pretensión de solventar los problemas prácticos a los que se enfrentaba la producción industrial española de la época, mediante la adaptación o sustitución de tecnología extranjera.

Al final del período autárquico la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico-OCDE- señalaba, en 1964 (66), que la investigación en la Universidad española era casi inexistente y que el 85 por ciento del raquítico gasto nacional en Investigación y Desarrollo (I+D) se realizaba a través de los siete grandes centros de investigación dependientes de los diferentes ministerios, de los cuales el más importante era el CSIC. Éste se convirtió en el centro de la política científica española a través de la dotación de becas para el estudio en el extranjero, la creación de institutos de investigación o la incorporación de científicos extranjeros, fundamentalmente italianos que tras la derrota del fascismo encontraron acogida en España, como ocurrió en el caso de la CETA. A finales de los años cuarenta en el CSIC se podían distinguir dos divisiones básicas: la académica y la tecnológica. En estos años la más significativa fue la rama tecnológica agrupada alrededor del Patronato Juan de la Cierva que, en colaboración con la industria -fundamentalmente el INI- trató de convertirse en la base de un desarrollo tecnológico autónomo concebido como el fundamento del crecimiento industrial. Para el cumplimiento de dicha tarea se fundaron o revitalizaron institutos como el del Carbón, Hierro y Acero -hasta su incorporación a ENSIDESA- y el Torroja, que obtenían parte de sus recursos a través de tasas parafiscales procedentes de las empresas del sector.

En definitiva, si la guerra civil provocó la paralización de la actividad de la Junta para Ampliación de Estudios y de la universidad, el triunfo del bando nacional y la imposición de la dictadura franquista supusieron la destrucción del incipiente sistema científico español, cuyos primeros pasos se gestaron durante la llamada Edad de Plata de la ciencia y la cultura españolas, en algunos casos como en el de las ciencias biomédicas la situación en 1936 estaba en condiciones de consolidar una sólida y firme tradición científica e investigadora, en otros como en los casos de la física y la química el horizonte era claramente esperanzador, todo ello naufragó en la noche oscura del franquismo, que logró plenamente los objetivos marcados en el preámbulo de la Ley de creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de retornar a la situación anterior al siglo XVIII: Tal empeño ha de cimentarse, ante todo, en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII. Sus consecuencias se proyectaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, más allá de la desaparición de la dictadura a la muerte de Franco.

FUENTE:
Luis Enrique Otero Carvajal
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeVie 06 Mayo 2011, 20:54

Siento la extensión del tema, pero el profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, Luis Enrique Otero Carvajal hace un examen exhaustivo sobre la ciencia durante el siglo XX.

Un saludo.
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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeSáb 07 Mayo 2011, 13:59

HOla a todos, intervengo un segundo para aclarar las dudas que ha planteado la publicación de este tema. El Portal del foro tiene como finalidad mostrar los últimos artículos posteados, independientemente del tema, siempre que pertenezcan a la temática del foro, que aunque principalmente está centrado en la Prehistoria también tiene otros apartados, como puede ser el de Naturaleza o Historia. Publicarlo en Novedades facilita que la gente lo vea más facilmente y pueda intervenir si lo desea, para un foro la participación es la vida!. En el portal solo se anuncián 10 temas que se van actulizando una vez que se van publicando temas nuevos, se van ocultando los más antiguos y mostrándose los nuevos, al cabo de unos meses, los voy colocando en sus respectivos subforos, este lo colocaré en su respectivo subforo de historia (aunque para algunos este tema del franquismo es ya Prehistoria Arrow Very Happy ).

Los comentarios que no hagan alusión al tema (como este mismo) los trasladaré a un nuevo artículo que hablará de la función del portal en el foro.

Por último haceros saber, aunque es bastante obvio, que los temas publicados (que tienen que ver con la temática del foro, que es bastante amplia) no se borran nunca, al contrario siempre suelo agradecer el esfuerzo a todos aquellos que dedican parte de su tiempo a publicar los artículos.

Pd.: Si quereis comentarme algo sobre este tema, podeis hacerlo en el apartado de sugerencias, dentro del tablón de anuncios

Saludos

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MensajeTema: Re: Algunas características del franquismo   Algunas características del franquismo I_icon_minitimeVie 13 Mayo 2011, 00:30

De acuerdo LaBaraca. Muchas gracias.

Antes del levantamiento que llevaron a cabo los militares africanistas con el apoyo de todas las derechas españolas, los monárquicos habían sido los primeros que conspiraron contra la república además de los carlistas, desde el momento en que se intauró la república en 1931. También los primeros contactos con la Alemania nazi y la Italia fascista fueron protagonizados por monárquicos en fechas tempranas y desde luego el primer levantamiento contra la república fue de corte y apoyo monárquico en una fecha tan temprana como 1932 y protagonizado por Sanjurjo. En Navarra por esas mismas fechas se instruían militarmente las milicias carlistas perfectamente pertrechadas de armamento y munición y se contaban por miles los que apoyaban un levantamiento contra la república democrática y contra cualquier signo de liberalismo como en todo el siglo XIX y eran preparados militarmente.

Un saludo.
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